LAS ESCUELAS DE POLÍTICA EXTERIOR DE LA REPÚBLICA DE INDIA (1947 - 2019): IDENTIDAD, PODER Y PRAGMATISMO

 

Mario Guillermo Guerrero*


Universidad Nacional de San Luis / CONICET

* mgg092@gmail.com

Recibido: 15 de octubre de 2024

Aceptado: 23 de febrero de 2025


https://orcid.org/0000-0002-2821-6351

DOI: 10.46553/colec.36.1.2025.p105-147



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Resumen: Este artículo explora la evolución de la política exterior india desde su independencia hasta el año 2019, analizando la influencia de factores históricos, ideológicos y domésticos en sus relaciones internacionales. La pregunta central es cómo las escuelas de política exterior de India —gandhianismo, desarrollismo no alineado, nacionalismo hindú y globalismo neoliberal— han moldeado su papel en el escenario global. La investigación adopta una enfoque histórico-analítica, examinando fuentes primarias como documentos guberneamentales, discursos y tratados, combinadas estos con literatura secundaria. El estudio aquí propuesto plantea que el comportamiento internacional de India ha estado determinado por su búsqueda de liderazgo global, seguridad regional y desarrollo económico, contribuyendo cada una de las escuelas de política exterior aquí mencionadas con estrategias distintas para tales fines. Este artículo propone una comprensión matizada de cómo India negocia su identidad y poder en un mundo multipolar.

 

Palabras clave: India; escuelas de política exterior; historia; posicionamientos interna-cionales; diseño de la política exterior

 

 

THE SCHOOLS OF INDIAN FOREIGN POLICY: IDENTITY, POWER, AND PRAGMATISM

 

Abstract: This article explores the evolution of Indian foreign policy from independence to 2019, analyzing the influence of historical, ideological, and domestic factors on its international relations. The central question is how India's schools of foreign policy -Gandhianism, nonaligned developmentalism, Hindu nationalism, and neoliberal globalism- have shaped its role on the global stage. The research adopts a historical-analytical approach, examining primary sources such as government documents, speeches, and treaties, combined with secondary literature. The study proposed here posits that India's international behavior has been determined by its pursuit of global leadership, regional security and economic development, with each of the schools of foreign policy mentioned here contributing distinct strategies to these ends. This article proposes a nuanced understanding of how India negotiates its identity and power in a multipolar world.

 

Keywords: India; Schools of Foreign Policy; History; International Positions; Foreign Policy Design

 

 

 

 

I. Introducción

 

Desde su independencia en 1947, India ha experimentado una transformación notable en su política exterior, moldeada esta por una interacción compleja entre sus características internas y el cambiante panorama internacional. A lo largo de este recorrido, cuatro escuelas de pensamiento han ejercido una influencia determinante sobre las decisiones de política exterior del país: el gandhianismo, el desarrollismo no alineado, el nacionalismo hindú y el neoliberalismo globalista. Cada una de estas corrientes responde a un contexto histórico particular y refleja las prioridades estratégicas, económicas y morales del Estado indio.

El gandhianismo, profundamente arraigado en los ideales de su líder epónimo Mahatma Gandhi, propuso una India pacífica y no violenta, alineada con principios de justicia, igualdad y no intervención. A medida que India se consolidaba como un Estado independiente, Jawaharlal Nehru, primer ministro entre 1947 y 1964, adoptó el desarrollismo no alineado, promoviendo una política exterior basada en la neutralidad durante la Guerra Fría, buscando equilibrar el poder de las superpotencias sin comprometer los intereses nacionales indios. Este enfoque fue reemplazado en las décadas posteriores por el ascenso del nacionalismo hindú, un movimiento que buscaba reposicionar a India como una potencia emergente con una clara agenda de independencia económica y militar. Finalmente, el neoliberalismo globalista marcó un giro hacia una mayor integración con la economía global, buscando consolidar a India como un trade state capaz de competir en los mercados internacionales.

Este artículo se propone analizar en profundidad estas cuatro escuelas, investigando no solo cómo han influido en las decisiones de política exterior de India, sino también cómo han interactuado con el sistema internacional y con las demandas internas de un país vasto y diverso. La estrategia cualitativa aquí empleada combina un análisis histórico de las decisiones clave de política exterior con una revisión teórica de las principales corrientes de pensamiento en relaciones internacionales. A través de este enfoque, se busca responder la pregunta central de cómo India ha evolucionado de una potencia emergente a un actor clave en la política mundial.

El presente estudio parte de la premisa de que la política exterior de cualquier Estado está profundamente influida por su contexto histórico, político y social, así como por las ideas que prevalecen en cada etapa. En el caso de India, las transiciones entre las diferentes escuelas de política exterior no solo han reflejado los cambios en el liderazgo político, sino también la manera en que India ha percibido su lugar en el mundo y su papel dentro de un sistema internacional caracterizado por la competencia entre grandes potencias, en primer lugar, y el multipolarismo, en segunda instancia. Este análisis permitirá comprender las dinámicas de poder que han moldeado las interacciones de India en la escena global desde su independencia y cómo estas interacciones han influido en la configuración del orden internacional contemporáneo.

 

 

II. Comentarios teóricos sobre la política exterior

 

El accionar de los países en el escenario internacional no es de carácter irracional. Los Estados deben ser comprendidos como actores racionales, ya que son sujetos colectivos con capacidad de acción estratégica y no paramétrica; es decir, son sujetos colectivos que no toman por variables dadas y estables a los comportamientos de los demás actores del escenario internacional, sino que más bien orientan el propio accionar hacia ellos (Acuña y Chudnovsky 2013). Esto se debe a que son capaces de reconocer sus intereses, establecer un orden de preferencias, identificar objetivos que las operacionalicen en términos de comportamientos; comportamientos los cuales luego serán accionados por medio de la utilización de diferentes recursos disponibles para el actor. De esta manera, los actores interactúan entre sí en un contexto regulado por instituciones que establecen cuáles son los comportamientos o conductas penalizadas o promovidas; cuáles son los espacios de deliberación que permiten la interacción entre ellos; cómo debe ser la negociación dentro de esos espacios; cómo se da el proceso de toma de decisión; cómo debe realizarse la implementación de la decisión tomada; cuál es el tipo de información y en qué canales circula; y cómo es la relación con las autoridades o entidades encargadas de garantizar el cumplimiento de las normas (Guerrero 2024: 2022a; 2022b).

Sin embargo, ni las instituciones ni los actores operan en el vacío. Es decir, además de la incidencia y direccionalidad mutua, el escenario internacional se caracteriza por contar con dos características que condicionan la forma en que se da la interdependencia e interacción entre actores e instituciones. La primera de ellas es la anarquía del escenario.

El concepto de anarquía, en el plano internacional, ha sido largamente discutido en la literatura (Dunne 2014; Dunne y Schmidt 2014; Lamy 2014; Jackson and Sørensen 2013c; Wohlforth 2010; Walt 2002; Waltz 1979; Kissinger 1977; Kennan 1954; Morgenthau 1948). El término no se refiere a otra cosa más que al estado de ausencia de una autoridad central (por ejemplo, un Estado internacional), que detente la soberanía en el escenario mundial y desde la cual se puedan ejercer todos los atributos de estatidad asociados a dicha entidad, tales como contar con el monopolio legítimo de la fuerza, necesario para exigir el cumplimiento de las normativas internacionales. Si bien es cierto que a lo largo de la historia moderna se ha buscado imputar una especie de autoridad última a ciertos organismos u organizaciones, como la Liga de las Naciones o la Organización de las Naciones Unidas, estos casos se han mostrado lejos de poder constituirse a sí mismos en un Estado internacional que reúna en su estructura la summa potestas internacional. Por ende, es en este contexto de ausencia de autoridad internacional última en el cual los actores interactúan entre y las instituciones operan, son transformadas, creadas y abandonadas.

En este punto, hay un comentario interesante que debe ser realizado. Si bien en la actualidad el escenario internacional no cuenta con una entidad estatal desde la cual se ejerza la summa potestas, hay literatura que sugiere la existencia de una superposición de regímenes internacionales (cuando no, muchas de las veces en disputa y en clara contraposición entre sí), que se caracterizan (bajo estructuras más formales o informales) por buscar constituir marcos autoritativos en los cuales los actores internacionales miembros puedan reducir los rasgos anárquicos del escenario mundial (Little 2014; Hasenclever et al. 1997; Levy et al. 1995; Rittberger 1993; Stein 1983; Krasner 1983). El mayor o menor éxito de estos regímenes en sus propósitos depende de su nivel de institucionalización (Amoroso Botelho 2014; Malamud y Schmitter 2006; Levy et al. 1995), de la convergencia de las expectativas que tengan los actores (principalmente los Estados) para con tales regímenes (Little 2014), pero, particularmente, del nivel de renuncia de soberanía que se haga en pos de estos regímenes (Malamud 2011; Wiener y Diez 1993). Cuanto mayores sean los niveles de renuncia de soberanía en entidades u órganos supraestatales, mayores serán las probabilidades de que las autoridades supraestatales puedan exigir, de manera eficiente y eficaz, el cumplimiento de las diversas normativas sancionadas en el plano supraestatal o del derecho comunitario.

Tal vez, el mejor ejemplo de lo expresado hasta el momento sean los procesos de integración regional. Existen casos, como el de la Unión Europea, que han sido capaces de realizar importantes renuncias de soberanía en órganos supraestatales en pos de que estos cuenten con la potestad suficiente para exigir el cumplimiento del derecho comunitario (caso que se ve fuertemente reflejado en la creación de la Eurozona o de las políticas migratorias representadas bajo el Área Schengen). Por el contrario, existen casos como el del MERCOSUR y la CAN que, si bien han logrado diferentes resultados en materia de integración regional para sus Estados miembros, estos han mantenido bajos niveles de institucionalidad que los han convertido en regímenes que operan bajo lógicas preponderantemente intergubernamentales (Alvarez y Ramos 2013; Malamud 2013; 2011;  Malamud y Schmitter 2006).

El segundo elemento que condiciona tanto a actores como a instituciones lo constituyen las ideologías, valores y creencias difundidas en el escenario internacional. Estas últimas operan como cosmovisiones de la realidad. En tanto conjuntos de ideas y principios interrelacionados sobre el deber ser de las relaciones internacionales, buscan constituirse en marcos ideológico-normativos que estructuren y guíen las interacciones de los actores del escenario internacional; o, lo que es lo mismo, y parafraseando a Wendt (1999; 1992) en este punto, la anarquía del escenario internacional es lo que los actores piensan de ella. Si bien se puede alegar que las interpretaciones normativas sobre cómo deben ser las interacciones entre actores en el plano internacional se remontan a los tiempos de pensadores de la talla de Tucídides, Kant, Hobbes o Maquiavelo, el interés en establecer principios normativos comunes y en comprender por qué ocurren determinados procesos y acontecimientos en la arena internacional se encuentra marcado, en primer lugar, por la existencia de los Estados modernos pero, en segundo lugar, y más importante aun, por las consecuencias devastadoras de la Primera Guerra Mundial (Jackson and Sørensen 2013a; Roberts y Kingsburgy 1993).

Un claro ejemplo de ello lo representan los catorce puntos de Woodrow Wilson (1918), que exponen los principios normativos que debían guiar el accionar de los Estados modernos una vez acabada la Gran Guerra, con lo que tiene lugar, así, el nacimiento de lo que se ha dado a conocer como idealismo o, al decir de Jackson y Sørensen (2013a; 2013b), el liberalismo utópico. Vale destacar que es en este documento donde encontrará una de sus principales fuentes de inspiración normativa la Liga de las de Naciones. Será dentro de este esquema que se configuren conceptos tales como el de seguridad colectiva, el cual se refiere a un arreglo institucional en el que cada Estado del sistema acepta que la seguridad de uno es la preocupación de todos y que esta se refuerza por la vía de acciones colectivas que se corporizan en, por ejemplo, una respuesta colectiva y coordinada a cualquier agresión que pueda recibir algún aliado o miembro (Roberts y Kingsburgy 1993, 30). Rápidamente, se puede concluir del ejemplo anterior que estas ideologías, valores, creencias y principios inciden constantemente en el accionar de los Estados (como así también en los demás actores internacionales del escenario) y pueden cristalizarse en diferentes esquemas institucionales, órganos u organizaciones internacionales que contribuyen a reproducirlos por medio de su puesta en funcionamiento (Ikenberry 2014; 2001; Morlino 1985). De igual manera, estas ideas se encuentran en constante puja entre sí, siendo el mejor ejemplo de sus transformaciones el paso de los enfrentamientos ideológicos del mundo bipolar hacia el fin de la historia (Fukuyama 1992), expresado en el unipolarismo estadounidense luego de la caída del bloque soviético. Eso no significa que cualquier ideología, valor o creencia difundida en el escenario internacional, necesariamente, constituye una institución internacional; aunque vale destacar que toda institución internacional no es otra cosa más que la cristalización de los procesos políticos, sociales y económicos del tiempo y lugar en el que surgieron.

En este contexto de ideas, la política exterior, como política pública que es, remite al posicionamiento frente a una cuestión socialmente problematizada de la agenda internacional que adopta un Estado en particular, el cual se encuentra estructurado en torno a sus características históricas, geográficas, y culturales particulares como así también por las lógicas internacionales imperantes (ya sean históricas o coyunturales) mencionadas. Por ende, se parte de la consideración de que el comportamiento de los países en el escenario internacional no debe ser entendido de forma aislada de los procesos internos que los atraviesan, como tampoco de los fenómenos que acontecen a nivel internacional (Gourevitch 2007; 1993; Moravcsik 2010; 1997).

Tres son las características domésticas que aquí se destacan como centrales para comprender el diseño de una política exterior: percepción de los líderes estatales sobre el escenario internacional; relación entre Estado y sociedad; rol proyectado del Estado en el escenario internacional.

En primer lugar, se encuentra la percepción de los líderes estatales sobre el escenario internacional, la cual remite a la idea de que los líderes políticos de un país son una importante variable explicativa de la política exterior, particularmente por cómo entienden y comprenden la distribución de poder en el escenario internacional. De esta manera, «no hay una única cuenta objetiva de la distribución del poder; más bien, lo que importa es cómo los líderes estatales obtienen una comprensión de la distribución de poder» (Dunne y Schmidt 2014, 106). Este argumento es de importancia ya que parte de la idea de que los Estados no necesariamente deben contar con un mismo interés, sino que pueden mutar (y muy probablemente lo hagan) según cambian sus líderes a lo largo de la historia. Se les atribuye peso explicativo a los líderes, específicamente a los poderes ejecutivos, por el hecho de que es en ellos que se suele concentrar la figura de jefe de Gobierno y la de jefe de Estado.

Claramente, este es el caso de los regímenes presidencialistas, en los que ambas competencias se encuentran concentradas en la figura del presidente de la nación. Si bien es cierto que en regímenes parlamentarios la división entre ambos está dada (quedando, por un lado, la autoridad cabeza del gobierno y, por el otro, la autoridad representante de la soberanía), eso no ha impedido que, en determinados casos, algunos primeros ministros centralizaran en su figura, y de manera considerable, el proceso de toma de decisiones en materia de política exterior.

En segundo lugar, tenemos a la relación entre Estado y sociedad. En esencia, este factor remite a cómo son las interacciones entre ellos en lo que a cuestiones socialmente problematizadas en materia de relaciones internacionales respecta, y cómo la sociedad termina incidiendo sobre la política exterior final. En este punto, resulta clave recordar el argumento de Putnam (1988) sobre el juego de los dos niveles. En el trabajo Diplomacy and Domestic Politics: The Logic of Two-Level Games, Putnam recupera la importancia de la política doméstica como variable explicativa entre la distribución de poder en el plano internacional y la política exterior de un país dado, partiendo de la idea de que los líderes deben operar en dos planos de negociación diferentes: el doméstico y el internacional. Si bien las negociaciones en el escenario internacional son conducidas por las autoridades estatales (en el plano político, por los poderes ejecutivos; en el plano burocrático, por las demás partes del Estado), los intereses y preferencias surgen de las circunstancias domésticas y es en el siguiente nivel donde son usadas como base para la negociación con los demás actores internacionales. De aquí se desprende que no hay una unidireccionalidad en la elaboración de la política exterior, sino más bien interacciones entre los planos domésticos, internacionales y los Estados; lo que desecha, con ello, la idea de que los Estados son bolas de billar que se encuentran cerradas y homogéneas hacia su interior (Moravcsik 2010; 1997; Jackson y Sørensen 2013a).

Por último, el rol proyectado del Estado en el escenario internacional se refiere al posicionamiento que las autoridades estatales y gubernamentales han dado y buscan dar al propio Estado en la arena internacional. En este punto, es relevante considerar cuáles han sido los anteriores desempeños del Estado en la materia, ya que inciden, entre otras cosas, en las expectativas de acción internacional estatal que tengan tanto la sociedad connacional en cuestión como los demás actores del plano internacional para con el Estado, frente a determinados acontecimientos. Un muy buen ejemplo de ello es la neutralidad argentina sostenida en ambas guerras mundiales (Ciria 1986; Potash 1985; Toynbee 1965) y el debate iniciado en 2024 luego del discurso realizado por el presidente Milei frente a la Asamblea General de Naciones Unidas, en el que se anunció que «Argentina va a abandonar la posición de neutralidad y va a estar a la vanguardia en defensa de la libertad» (SPPNRA 2024). Adicionalmente, se refiere a la idea de identidad que desde el Estado se busca representar y reproducir en el escenario internacional. Un caso que permite ejemplificar este punto lo representa la política exterior de Sudáfrica desplegada por el presidente De Klerk (1989-1994) a los fines de mejorar, por medio del desarme de su armamento nuclear, la imagen internacional negativa del país dejada por el apartheid, constituyéndose hasta el momento en el único país en la historia el cual desarmó su propio arsenal nuclear. Otro claro ejemplo lo representan los casos de Brasil y Canadá que, según explican Pereyra Doval (2013) y Thérien y Mace (2013), hicieron de la constitución de una identidad propia el camino a partir del cual diferenciarse, desde un comienzo, del resto de países y encontrar para un rol específico en la arena internacional.

Las tres características anteriores encuentran sus especificidades no solo en las combinaciones históricas que se pueden dar entre ellos, sino también como resultado de las mediaciones y características que les da el régimen político imperante en cada Estado. Aquí se entiende por régimen político al conjunto de (Orlandi y Zelaznik 1996; Morlino 1985):

 

·     Estructuras de autoridad.

·     Normas y procedimientos (formales e informales) que regulan tanto la toma de decisiones y su aplicación como las formas de designación de las personas que ocupan las estructuras de autoridad.

·     Ideologías, valores y creencias cristalizadas en las estructuras, normas y procedimientos del régimen.

 

En este contexto de ideas, la estructura de autoridad no se refiere a otra cosa más que al gobierno de un determinado país. En un sentido amplio del concepto, aquí, se entiende por gobierno al conjunto de sujetos con poder de autoridad y de órganos políticos del Estado a los que, institucionalmente, les está confiado el ejercicio, administración y control del poder político (Orlandi and Zelaznik 1996). Es decir, el gobierno se refiere tanto a las estructuras de autoridad como a los sujetos con poder de autoridad encargados del proceso de toma de decisión que posee un régimen político de un sistema político dado.

Necesariamente, el tipo de gobierno incide en el diseño (e implementación) de una política pública, ya que toda forma de gobierno se refiere a una fuente de legitimidad, a una forma de estructurar al poder ejecutivo y a la relación entre las diferentes estructuras de toma de decisiones, en especial a la relación entre el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial. De esta manera, dado que los regímenes democráticos se caracterizan por encontrar su fuente de legitimidad en el voto y en el establecimiento de una estructura de autoridad con un poder ejecutivo (ya sea en su versión presidencialista o parlamentarista) limitado institucionalmente por  otros  órganos  de  contralor, como lo son el poder legislativo y el poder judicial, se espera que en democracia la participación de los actores sociales del país tenga una mayor incidencia en el proceso de toma de decisiones en materia de política exterior (Simpson 2010; Moravcsik 1997; Roberts y Kingsburgy 1993; Kratochmil 1989; Keohane 1989).

En cambio, para los regímenes autoritarios, dado que no existe ningún tipo de contralor que examine cómo son tomadas e implementadas las decisiones, ya que todo queda supeditado a la concentración del poder político en la autoridad de un dictador o líder  autoritario,  la  política exterior del régimen en cuestión se encontraría atada enteramente a los designios de quien ejerza el poder y sin posibilidad, por parte de la sociedad civil o de los demás actores sociales nacionales, de realizar discusiones en torno a ella.

Pero, como ya se ha mencionado en trabajos anteriores (Guerrero 2024; 2022a), dado que la política exterior se ve incidida no solo por el tipo de relación existente entre el Estado y la sociedad, sino también por la percepción del escenario internacional que tengan los líderes y por el rol proyectado del Estado que se busque consolidar, acontece que, para determinados países, el doble juego de Putnam (1988) no ocurre lineal e irrevocablemente en los términos sugeridos, incluso en aquellos países en los que existen regímenes democráticos. Al mismo tiempo, si bien existe literatura que prevé que los países con regímenes autoritarios buscaran reproducir en el escenario internacional las mismas lógicas de poder que tienen en materia de política doméstica (Armijo 2007), en el caso del BRICS, por ejemplo, se observa que los países involucrados optaron, en primera instancia, por evitar la discusión sobre determinadas problemáticas (tales como los derechos humanos), pero no pretendieron, de manera explícita, reproducir esas lógicas autoritarias en las diferentes instituciones y organizaciones internacionales en las que participan colectivamente. Más bien, asumieron el objetivo de tornarlas más multipolares, representativas y deliberativas, con la intención de poder balancear las cuotas de poder de los países involucrados en los procesos de toma e implementación de las decisiones a nivel internacional[1].

En consecuencia, los Estados van adoptando diversas acciones frente a determinados contextos, los cuales van estableciendo o sentando antecedentes. Estos antecedentes actúan como marcos de referencia frente a contextos sucesivos que, a su vez, actúan como guías en el proceso de toma de decisiones a la hora de diseñar y ejecutar diversos planes de acción. Como resultado, los Estados se encuentran signados por diferentes tradiciones de pensamiento en materia de política exterior que condicionan el posicionamiento de un país para un período histórico particular. A estas tradiciones de pensamiento y acción diplomática aquí se las define como escuelas de política exterior.

Con el tiempo las interpretaciones y posturas pueden ser abandonadas para dar paso a otras tradiciones que determinen una nueva estrategia de posicionamiento en la arena internacional. Vale considerar que la historia de las escuelas de política exterior de cada país también condiciona la plena realización (o no) de una determinada estrategia, ya que, si bien una tradición puede dejar de ser dominante en el marco de un determinado gobierno, ello no impide la posibilidad de que continúe condicionando la estrategia internacional presente del país. Todo lo anteriormente mencionado se encuentra resumido en la figura 1.


Figura 1. ¿Qué factores inciden sobre la política exterior y hacia quién está destinada?

 

Fuente: elaboración propia

 

 

III. Características e historia de la política exterior de India

 

En este punto se intentará identificar y describir las principales tradiciones de India en materia de política exterior. Para tal fin, hemos definido las siguientes escuelas: gandhianismo; desarrollismo no alineado; nacionalismo hindú; neoliberalismo globalista.

 

III.1. Gandhianismo

 

Como lo sugiere el nombre de esta escuela, su posicionamiento encuentra sus raíces conceptuales en el ideario político-social del líder indio Mahatma Gandhi. Gandhiji, como se lo suele denominar en el discurso popular indio, fue uno de los principales líderes del movimiento de independencia del Raj británico en la península del Indostán.

Los principios que definieron el movimiento liderado por Gandhi incluían la no violencia (ahimsa), la no explotación, la no jerarquía, el no alineamiento, el rechazo al imperialismo y la eliminación del racismo. Gandhi utilizó las huelgas de hambre como un método simbólico de protesta. Por ejemplo, en 1943, mientras estaba encarcelado en el Palacio del Aga Khan en Pune, realizó una huelga para presionar por la liberación de líderes nacionalistas. Estas acciones reforzaban su convicción de que el cambio debía lograrse mediante métodos morales y ejemplares, demostrando que la verdad y la justicia son las armas más poderosas (Gandhi [1936]2005). Gandhi argumentaba que el medio es tan importante como el fin, y que los medios injustos, necesariamente, no pueden llevar a un fin justo (Gandhi [1920-1921]2005; [1921]2005; [1931]2005). Esta filosofía quedó plasmada en la Marcha de la Sal de 1930, una protesta pacífica contra el monopolio británico sobre la sal en la península. En esta campaña, Gandhi buscó no solo desafiar el sistema colonial, sino también demostrar a la población india sobre el poder de la resistencia no violenta como herramienta política.

Dichas ideas, además de estructurar la lucha independentista, sentaron las bases de la política exterior india. Gandhi sostenía que la no violencia debía ser la mayor fuerza de la humanidad, capaz esta de transformar no solo las relaciones internas de un Estado, sino también del sistema internacional en su totalidad (Gandhi [1925]2005). En este sentido, dentro del pensamiento gandhiano, India debía actuar como un defensor global de la paz, promoviendo soluciones no violentas a los conflictos internacionales; posicionamiento el cual posteriormente fue entendido por la élite nacionalista india como un llamado a posicionar a India como el monitor moral del mundo (Murty 1964).

En términos internacionales, Gandhi abogó por una India que actuara de mediadora en conflictos internacionales y encabezara, en consecuencia, un proceso de reforma global basado en la moralidad. Tal y como lo expresa Husar (2016), India debía tener el ejército más pequeño imaginable, practicando la no violencia incluso ante amenazas externas. En este sentido, la élite nacionalista involucrada en el proceso independentista entendía que los intereses nacionales indios estarían mejor resguardados mediante una política de paz que con una política la cual estuviera alineada con los intereses imperialistas de la metrópolis británica (Chandra 1989; Sethuraman 2013). En línea con este pensamiento, la élite nacionalista entendía que el desarrollo de una política de oposición al imperialismo británico derivaba necesariamente en un apoyo y solidaridad con cualquier otro movimiento antiimperialista que estuviera teniendo lugar en el mundo. De aquí que, desde el comienzo, dicha élite estuvo en contra de la política británica de injerencia en los asuntos internos de otros países, como así también al uso de soldados y recursos indios para promover, extender y defender el imperialismo británico en África y Asia. Un claro ejemplo de ello fue la reunión del All India Congress Committee celebrada en Delhi en 1921, en el que el Congress aprobó una resolución general sobre política exterior, en la que se afirmaba que el Gobierno británico en India no representaba en modo alguno la opinión pública india respecto a lo que estaba aconteciendo en el mundo (Zaidi y Zaidi 1980a); situación la cual fuera refrendada en 1927 en la reunión de la misma entidad en Madras, en donde se rechazaba la presencia de tropas indias en China, Mesopotamia y Persia, desplegadas estas por decisión de autoridades británicas (Zaidi y Zaidi 1980b). La importancia de estas declaraciones fueron tales que, varios años después, Nehru llegó a firmar que dichas experiencias fueron la base de la política exterior que con posterioridad fue desarrollada durante su gestión (Mishra 1986).

Adicionalmente, Gandhi criticaba fuertemente las bases del capitalismo occidental, describiéndolo como una obsesión destructiva con el materialismo que conducía a la explotación y la desigualdad (Gandhi [1936]2005; 1960). En su lugar, promovía un modelo de desarrollo basado en necesidades esenciales, en consonancia con la tradición hindú que aboga por la pureza espiritual y la moderación material. En este sentido, Gandhi desarrolló el concepto de aldeas industriales. La idea central detrás del concepto es promover la autosuficiencia y el desarrollo sostenible de las aldeas. De aquí que argumente que las aldeas deban ser capaces de satisfacer sus propias necesidades a través de industrias locales como el molido a mano, la fabricación de jabón, papel, fósforos, y otros productos esenciales (Gandhi 1960). Este enfoque no solo busca proporcionar empleo a los habitantes de las aldeas, sino también preservar las tradiciones y habilidades locales, y reduce la dependencia de las grandes industrias y la urbanización. Algunos ejemplos históricos específicos incluyen:

 

·     La producción local y el uso del khadi (tejido artesanal): Gandhi fomentó el tejido local para combatir la dependencia de los productos británicos. Esto no solo buscaba reducir la explotación económica, sino también fortalecer la autosuficiencia comunitaria como un acto simbólico y práctico de resistencia.

 

·     El rechazo al desarrollo industrial a gran escala: Gandhi abogó por un enfoque descentralizado de la economía, argumentando que la industrialización masiva promovía la explotación y destruía las bases éticas de la sociedad. En cambio, creía en sistemas económicos locales que respondieran a las necesidades básicas sin fomentar la avaricia o la competencia desmedida (Gandhi 1960).

 

·     El concepto de sarvodaya (el bienestar de todos): Gandhi creía que el progreso debía medirse por el bienestar de los más pobres y marginados, y que cualquier sistema que no los incluyera no podía considerarse exitoso o justo (Gandhi [1909]2005).

 

 

En resumidas cuentas, el posicionamiento indio en materia de política exterior, según esta escuela, puede resumirse en los siguientes preceptos:

 

·     Defensor de la paz: India tenía el rol principal de convencer a otros, por medio de un diálogo democrático, respecto de la irracionalidad que tiene aparejada la guerra.

·     Defensor global: desde un posicionamiento moral, India debía encabezar un proceso de reforma a nivel global de las instituciones internacionales vigentes, a los fines de erradicar la injusticia existente en el mundo y en donde el ejemplo es la principal herramienta de acción.

·     Apoyar los procesos independentistas en el mundo: en memoria de su pasado como colonia, India debía apoyar todo proceso independentista que buscara llevar adelante cualquier sociedad del mundo.

·     Defensa de la fe: este precepto se encuentra lejos de pregonar una lucha religiosa a lo largo del mundo, sino que, más bien, se refiere a una fe en la naturaleza humana, teniendo India el papel moral de defender los derechos humanos de justicia, igualdad y libertad como valores universales.

      

Si bien es cierto que, propiamente dicho, Gandhi no ejerció ni elaboró la política exterior india una vez constituida la república, lo cierto es que su figura planteo la base de lo que se conoce como el art-of-politics de la naciente República India. Es decir, Gandhi estableció las bases ético-filosóficas sobre la que se dio la conceptualización de la política india contemporánea. A criterio de Datta-Ray (2015), el art-of-politics de Gandhi refiere a un método profundamente ético y filosófico que conceptualiza la política como un medio para preservar y actuar en alineación con el cosmos, en lugar de manipularlo o destruirlo para el beneficio personal o estatal. En este sentido, ello implicaba actuar en consonancia con el cosmos, donde cada acción refleja una verdad universal y evita la dicotomía moderna entre lo real y lo ideal. Gandhi buscaba transformar la política (india) para que esta no significara lograr objetivos ideales futuros mediante métodos violentos, sino, más bien, de actuar con verdad y coherencia en el presente. Este concepto también reconoce la violencia inherente a la vida misma, pero Gandhi distingue entre la violencia agresiva (que busca dominar o destruir) y la resistencia no violenta, como en la práctica del satyagrah. Será esta base de criterio político la que Nehru buscará materializar a lo largo de todas las ramas de su gestión, incluso la política exterior. De aquí la importancia de recuperar el pensamiento gandhiano como una escuela de política exterior ya que sirvió de punto de partida para lo que Nehru, posteriormente, proyecto, diseñó e implementó como posicionamiento indio frente a los principales desafíos que se le presentaron a la república recientemente creada.

 

III.2. Desarrollismo no alineado (1947-1984)

 

Jawaharlal Nehru fue un destacado político indio que luchó junto a Gandhi por la independencia de su país. Conseguida la independencia, Nehru se constituyó en primer ministro y ejerció el cargo hasta el año 1964, fecha en que se produce su fallecimiento. Fue uno de los padres fundadores del Congress Party, partido que supo gobernar India, de forma casi ininterrumpida, hasta 1991. Especialmente, es recordado como el arquitecto del Estado-nación indio, basado este en valores modernos como el secularismo, el socialismo, el temperamento científico y el no alineamiento, reconocidos todos ellos como el código moral del Estado-nación indio (Surya 2022; Mukherjee 2015; Parekh 1991; Chakravarty 1987; Chatterjee 1986; Rao 1971).

En lo que a política exterior se refiere, su administración se caracterizó por no romper con ciertos principios centrales del gandhismo, como el antirracismo, la búsqueda por la igualdad en el sistema internacional y la promoción de instancias más cooperativas entre los diversos Estados. A pesar de ello, Nehru entendía que India tenía un rol de grandeza dentro del concierto internacional (Keenleyside 1980), sin tener que abrevar necesariamente para ello en profundos criterios normativos de base idealista sino más bien ecléctico-liberal. De esta manera, su posicionamiento, sin renegar del todo respecto de los principios gandhianos ya mencionados, encontraba compatible postular por conceptos tales como el no alineamiento y la teoría del tercer mundo de Mao, los cuales pregonaban por la solidaridad entre los países tercermundistas; la defensa de la libertad y la democracia como instituciones internacionales necesarias a ser defendidas en el escenario internacional; al tiempo que se criticaban a las alianzas militares entre países, las cuales eran entendidas como el principal resultado de la desconfianza y el miedo entre los países que se vieron involucrados en ambas Guerras Mundiales (Kennedy 2012; Parekh 1991).

Si debiéramos ubicar a Gandhi y a Nehru dentro de las escuelas normativas tradicionales de las relaciones internacionales, el primero presenta fuertes características idealistas, por causa de su concepción positiva de la naturaleza humana, su entendimiento de la guerra como un acto irracional y la defensa de los derechos humanos como valores universales. Mientras que Nehru, por su lado, refiere a un posicionamiento más propio de escuela liberal ecléctica, ya que entendía que instituciones internacionales más multipolares y democráticas eran buenos instrumentos no sólo para evitar sino también reducir el impacto de los conflictos existentes dentro del escenario internacional, al tiempo que se reservaba para sí el accionar independiente dado el caso que las circunstancias lo ameritaran (Nehru 1949). En este sentido, durante la administración de Nehru, el antiimperialismo característico del nacionalismo independentista indio hizo que India pregonara por la no alineación con ninguno de los dos bloques dominantes. Sin embargo, en ciertas ocasiones (como lo fue la creación del Estado de Israel en 1948) India se mostró más distanciada respecto a posiciones adoptadas por EE. UU., pero más cercanas a la URSS (Morales 1971).

Si bien la insistencia realizada por la administración Roosevelt fue la que permitió que India participara como miembro fundadora de la Organización de Naciones Unidas en abril de 1945, no siendo India para ese entonces aún un país independiente; lo cierto es que la relación entre India y EE. UU. fue de una clara tensión oscilatoria durante la administración de Nehru, cuyo punto de mayor conflictividad lo tuvo durante la firma de los tratados de asistencia mutua y seguridad acordados entre EE. UU. y Pakistán en 1954 (Sethuraman 2013)[2].

Lo mencionado en el párrafo anterior no refiere a que la administración Nehru tuviera un posicionamiento de total recelo para con EE. UU., sino más bien de respeto y consideración; tal y como lo demuestran las palabras transmitidas por Nehru al primer embajador indio ante EE. UU., Asaf Ali, en oportunidad de ser encomendado en su cargo en 1946:

 

Estados Unidos es una gran potencia y queremos ser amistosos con ellos por muchas razones. Sin embargo, quiero dejar claro que no nos proponemos ser sumisos a ningún actor [...] Tenemos muchas buenas cartas en nuestras manos y no hay ninguna necesidad de que aparezcamos como suplicantes ante ningún país. (Gopal 1988, 556)

 

De aquí que se pudieran encontrar situaciones en las que las diferencias eran expresas y abiertas (por ej., el reconocimiento indio dado a la República Popular China en 1949) o de apoyo y diálogo (ej. el préstamo y envío de barcos con alimentos en 1951 realizado por la administración Truman ante el pedido realizado por el gobierno indio).

Un punto en el que Nehru se acercó a la URSS era en las características presentadas por el modelo de desarrollo adoptado durante su administración y las ideas de socialismo que había por detrás de su modelo. Jawaharlal Nehru simpatizaba con los esfuerzos soviéticos en relación al proceso de insdustrizalicación que estaban implementando. Sin embargo, sus viajes en 1927 por Moscú hicieron que se terminara de convencer respecto a que no era el método soviético sino el gandhiano el que le permitiría a India caminar hacia una sociedad socialista, objetivo político-social el cual mantuvo hasta el final de sus días.

A lo largo de su gestión, se pretendió llevar adelante un fuerte proceso de industrialización, el cual tuviera al Estado como principal agente planificador de la economía, especialmente en sectores estratégicos como la industria pesada, la energía, la banca y el transporte. En términos generales, esto se terminó reflejando en una estrategia general que adoptó para sí un modelo de economía mixta, donde el sector público y el privado coexistían, pero con un Estado desempeñando un rol predominante en áreas claves; especialmente a partir del Segundo Plan Quinquenal (1956-1961), desarrollado por Prasanta Mahalabonis, el cual estuviera fuertemente orientado hacia la industrialización rápida y el transporte[3].

Las ideas de Nehru respecto al nivel de presencia del Estado dentro de la economía fue un principio el cual demostró estar fuertemente asociada a la idea de socialismo que Nehru tenía. En su etapa más dura, Nehru defendía la presencia de un Estado fuerte el cual impulsara decisiones tales como (Parekh, 1991): a) nacionalizar la banca y los seguros; b) las industrias de defensa y servicios públicos debían limitarse al sector público; c) todas las industrias relacionadas con la alimentación, ropa y otros bienes de consumo debían reservarse al sector artesanal o a pequeña escala y gestionarse de forma cooperativa; d) el Estado debía controlar la inversión, los ingresos y los dividendos del sector privado, fijar límites máximos de tierras y organizar el excedente de tierras en cooperativas de aldea. Dichas ideas fueron expresadas en documentos tales como los publicados en 1947 por el All India Congress Committee (AICC) y el Economic Programme Committee, encabezados ambos por Nehru (Surya 2022; Parekh 1991; Chakravarty 1987).

En cambio, entre 1954 y 1964, año de su muerte, para Nehru la idea de socialismo se basaba principalmente en una economía mixta y planificada, en la que el sector público desempeñaba un papel predominante. Su enfoque en la planificación no respondía tanto a un ideal de redistribución equitativa de la riqueza ni a la satisfacción inmediata de las necesidades básicas de la población, sino más bien a la necesidad de fortalecer la autonomía nacional. Consideraba que este modelo permitía gestionar los recursos limitados del país de manera más científica y eficiente, al tiempo que garantizaba el control estatal sobre la economía (Surya 2022; Mukherjee 2015; Parekh 1991; Chakravarty 1987; Chatterjee 1986; Rao 1971).

El dominio del sector público se justificaba tanto desde una perspectiva económica como política. Nehru creía que solo el Estado tenía la capacidad de movilizar los grandes recursos necesarios para establecer industrias clave en sectores estratégicos. Un sector público fuerte también aseguraba que el Estado mantuviera independencia frente a posibles influencias del capital privado, evitando que este ejerciera un control excesivo sobre la economía y, con ello, pusiera en riesgo la democracia. Grandes ejemplos de esta iniciativa fueron el Life Insurance Corporation Act 1956, que derivó en la fusión de 256 compañías de seguro (lo que llegó a representar, de facto, la nacionalización del sector); o los planes de desarrollo sectoriales en hierro y acero en Durgapur (1956), Bhilai (1959) y Rourkela (1959), contando para todos dichos casos con el apoyo de otros países: Gran Bretaña, Rusia y Alemania Oriental, respectivamente.

Si bien Nehru promovía un sector público fuerte, también veía beneficios en la existencia del sector privado. Para él, la competencia impulsada por la iniciativa privada ayudaba a evitar que el sector público se volviera ineficiente y burocrático. Además, entendía que fomentar el espíritu empresarial, movilizaba capital privado y prevenía conflictos sociales, ya que eliminar por completo el sector privado podría derivar en una lucha de clases y en la imposibilidad de llevar adelante el desarrollo económico.

Asimismo, consideraba fundamental que la producción respondiera a las necesidades sociales en lugar de estar guiada únicamente por el afán de lucro de unos pocos. Para ello, por ejemplo, en 1957 se disignó a Balwantrai Mehta al frente del Panchayai Raj Committee, que derivó en un esquema de descentralización democrática en el territorio indio el cual fue conocido como Panchayai Raj; sistema el cual tenía como objetivo principal el de crear instancias deliberativas territorializadas en las que las problemáticas comunales pudieran ser resueltas localmente, al tiempo que se tenían en consideración las necesidades propias de cada distrito o aldea (Mukherjee 2015).

 Para Nehru, la industrialización era esencial para lograr la independencia económica de la India y superar, así, el legado de subdesarrollo dejado por el dominio colonial británico. Creía firmemente que sin una base industrial sólida, India seguiría siendo económicamente vulnerable; además de una nación dependiente de las potencias extranjeras. Este es otro punto en el cual se presenta un distanciamiento respecto de la posición fijada por el gandhianismo en materia de política económica, ya que Nehru proyectó el proceso de industrialización del país, mientras que Gandhi promovía una economía autosuficiente a nivel de aldea (Husar 2016; Nadal 1998;  Morales 1971).

Un aspecto que se debe considerar en la evolución del posicionamiento indio dentro del escenario internacional, relacionado este con el modelo de desarrollo adoptado durante la administración de Nehru, es el hecho de que el proceso de industrialización sentó en India las bases estructurales y de conocimiento en materia de tecnología atómica que le habilitaron la posterior obtención de armamento nuclear propio. En este sentido, en 1957 fue creado el Tata Institute of Fundamental Research y en 1958 fue creado el Atomic Energy Commission of India bajo el amparo del Department of Atomic Energy; siendo ambas instituciones las piedras angulares del programa nuclear indio bajo la responsabilidad de Homi Bhabha.

Este hecho profundizará las diferencias existentes entre dos principios considerados, hasta el momento, centrales en materia de política exterior india: el principio de no violencia y el principio autodeterminación-independencia (Gonzalez Castañeda and Bavoleo 2010). La anterior diferenciación marcaba la existencia de una ambigüedad no considerada hasta el momento por los gobiernos indios respecto de hasta qué punto se justificaba la implementación del principio de la no violencia en situaciones en las que la integridad de India, como Estado, estaba en peligro. Dentro de la temática nuclear, ese principio otorgaba al país, por un lado, el liderazgo en la campaña de desarme nuclear, mientras que, por el otro, en términos de seguridad nacional, el principio de la autodeterminación legitimaba la idea de que el Estado era lo suficientemente soberano como para decidir hasta qué punto el desarrollo de armas nucleares era propicio para los intereses nacionales indios.

De aquí que los enfrentamientos con Pakistán (1947, 1965, 1971, y 1999) y China (1962) legitimaran la necesidad de desarrollar programas nucleares, con el objetivo de disuadir al enemigo sobre cualquier posible ataque. No es casualidad que la mayoría de las centrales de pruebas atómicas, tanto de India como de Pakistán, se encuentren actualmente situadas a lo largo de la línea de frontera entre ambos países. En este sentido, Indira Gandhi (1966-1977; 1980-1984), luego de la victoria india en la guerra con Pakistán en 1971, decidió realizar la primera prueba atómica de la historia de su país en la ciudad de Pokhran, localidad cercana al límite con ese país.

La tensión generada por la contradicción normativa, la ineficiencia del no alineamiento para garantizar la seguridad del país y la incapacidad para canalizar la constante presión de aquellos sectores contrarios a la visión internacionalista liberal hicieron que los gobiernos que sucedieron a Nehru fueran adoptando, poco a poco, políticas externas propias de una visión realista. El resultado directo de esta ambigüedad de visiones será el hecho de que la política exterior india comenzara a caracterizarse por presentar un doble estándar, según el cual India se tornará más realista o más liberal de acuerdo con la temática que estuviera en consideración. Tan es así que, cuando se trataba de temáticas como la reforma de las instituciones internacionales, India continuó defendiendo la idea de contar con canales institucionales más multipolares, representativos y democráticos. Mientras que, en lo referido a temáticas como la nuclear, India desarrolló dicha tecnología con motivos de seguridad nacional, desobedeciendo con ello los llamados de atención realizados por el sistema internacional, lo cual le valió cargar por mucho tiempo con lo que se ha dado a llamar mundialmente como el apartheid nuclear, situación sólo resuelta a través de 123 Agreement firmado luego de las negociaciones llevadas adelante entre el presidente estadounidense George Bush y el primer ministro Manmohan Singh en el año 2005.

 

III.3. Nacionalismo hindú (1984-2004)

 

El principal exponente de este movimiento es el Bharatiya Janata Party (BJP), partido el cual gobernó India en dos oportunidades (1998-2004; y 2014-actualidad). Sin embargo, cuando se hace alusión a estas ideas no se suele referir sólo al BJP como partido sino también al Hindutva; es decir, al paraguas ideológico el cual contiene a diferentes actores y organizaciones político-sociales que abogan por estas ideas (por ej., Rashtriya Swayamsevak Sangh - National Volunteers Organization, RSS) y que usualmente son referidos, colectivamente, como Sangh Parivar. Este movimiento, surgido en India a comienzos de los 80, pretende rescatar principios tradicionales hindúes a modo de elementos integradores de la sociedad india; siendo el pitrabhoomi (patria), jati (línea de sangre) y sanskriti (cultura), las tres ideas apelativas más importantes (Das 2003). Sus conceptos nacionalistas parten de argumentos propios del hinduismo, religión la cual se presenta como base moral de la identidad india frente al histórico secularismo promovido por el Congress Party (Adeney y Sáez 2005; Bhatt 2001; Blom Hansen 1999; Graham 1990).

Desde un punto de vista de política exterior, la crítica al secularismo desplegado por gobiernos indios anteriores radica en que se lo identifica como una de las principales causas que ha llevado a que, en la práctica, la política exterior india se presente en el escenario internacional como una de incomodidad con el poder y una falta de voluntad de poder (Bajpai y Mattoo 1996). En este sentido, India no ha sabido ocupar el lugar que le corresponde dentro del escenario internacional; y todo ello se debe a que la esencia, en otras palabras el art-of-politics, del Estado indio, ha sido mutilado por el gran defecto que representa el pacifismo excesivo, tanto interno como externo, que el Congress ha esgrimido durante sus administraciones (Singh 1999). De aquí que derrotas militares como las recibidas en 1962 frente China o la balcanización de amplios sectores del territorio indio (ej. los Tigres de Liberación del Ealam Tamil o el movimiento naxalita) no son otra cosa que ejemplos materiales directo de este gran defecto ya que no sólo han debilitado sino que, peor aún, han imposibilitado la consolidación de la soberanía del Estado indio llegando en su expresión más extrema al asesinato de primeros ministros (ej. Indira Gandhi o Rajiv Gandhi).

Los defensores del Hindutva entienden que India cuenta con capacidades suficientes para consolidarse en el escenario internacional como un great power (Karner 2006; Sagar 2009; Mitra 2003; Singh 1999). En cuanto a la actuación global de India, los nacionalistas hindúes tienen el ardiente deseo de resucitar la gloria de India y evitar que se repita la humillación, lo que se convierte en la principal motivación de sus llamamientos para que India se convierta en uno de los polos de un orden mundial multipolar. Para ello, la política exterior debe partir de tres ideas claves: un dorado pasado hindú; las traumáticas experiencias de las invasiones extranjeras; y la postulación de un futuro glorioso para la civilización india.

Ese pensamiento se asienta en la premisa histórica de que el país representa a una civilización milenaria, que supo integrar a su sociedad elementos de todas aquellas culturas que pisaron su territorio. Al mismo tiempo, y a diferencia de las dos escuelas anteriores, el nacionalismo hindú recupera la idea de autonomía e independencia bajo la idea del daño y la humillación provocados por las potencias extranjeras durante sus invasiones al país (Mitra 2003; Singh 1999). Al entender de este movimiento, el reposicionamiento de India en el escenario internacional es una forma de balancear el accionar unilateral de las potencias mundiales (Hurrell y Narlikar 2006). El argumento respecto de la constitución de un mundo multipolar es mantenido, pero bajo argumentos realistas y no liberales o idealistas, tal y como habían sido defendidos por Nehru y Gandhi, respectivamente. De aquí que, por ejemplo, en la prensa oficialista del BJP, el Organiser, se expresara como lineamientos importantes de política exterior el encontrar un equilibrio entre los siguientes puntos:

 

1. Debemos ralentizar el ritmo al que estamos cediendo soberanía a los mercados globales [. . .]. 2. Debemos mantener un estrecho control sobre organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio (OMC) [. . .]. 3. Debemos tener un verdadero sistema internacional de controles y equilibrios bajo el control de las Naciones Unidas [. . .]. (Dubashi 1999, 53)

 

El resultado principal de visión realista impulsada por el nacionalismo hindú es el concepto de una firm India (Singh, 1999). Principalmente, esta idea parte de la consideración de que el país se debe mostrar en el escenario internacional como un Estado que, de forma constante, pregona por la reforma del sistema internacional a los fines de que los países en desarrollo tengan mayor participación en el proceso de toma de decisiones mundiales. Pero, al mismo tiempo, India debe transmitir a los demás Estados miembros del sistema la sensación de que es un país que defenderá sus intereses nacionales en cada oportunidad en que se vean vulnerados. Un claro ejemplo de esta posición lo representa el desarrollo nacional de armas nucleares.

Este es considerado de interés nacional debido a que implica el fortalecimiento de la seguridad nacional frente a las diversas hipótesis de conflicto que se manejan en el país, tal y como lo son el caso de Pakistán o China. Al mismo tiempo, el desarrollo de armas nucleares es visto como una herramienta más por medio de la cual India puede forzar a los Estados potencia a que abran canales de diálogos para una negociación, llegado el caso de ser necesario. Un claro ejemplo de ello fueron los catorce diálogos llevados adelante entre el ministro de relaciones exteriores indio, Jaswant Singh (1998-2002), y el secretario de Estado estadounidense, Strobe Talbott (1994-2001), a lo largo de dos años y medio (Schaffer 2009). Las pruebas nucleares, tanto indias como pakistaníes, realizadas en 1998 habían despertado la preocupación de la administración Clinton en relación a lograr un acuerdo que regulara la no proliferación de armas nucleares en la península del Indostán. A pesar de que dichos diálogos no tuvieron como resultado directo la firma de un acuerdo de tipo alguno entre India y EE. UU., estas si dejaron sentadas las bases y los canales de diálogos que derivaron en la posterior visita, en 2000, del presidente Clinton; siendo este el cuarto presidente estadounidense en la historia de su país en hacerlo.

En lo que a desarrollo económico se refiere, la idea es convertir a India en un global economic power, tal y como lo expresara el programa electoral del BJP en 1998 dentro de lo que se dio a conocer como el swadeshi approach (BJP 1998). El swadeshi approach en el manifiesto electoral del BJP de 1998 enfatizaba la autosuficiencia y la promoción de industrias domésticas. Este enfoque buscaba reducir la dependencia de bienes y servicios extranjeros, fomentando el uso de productos y tecnologías producidos localmente. El manifiesto destacaba la importancia de proteger y nutrir las industrias nacionales a los fines de fortalecer la economía nacional y asegurar, así, un desarrollo sostenible. En esencia, ello implica defender un moralismo económico que abreva del gandhianismo económico, pero sin caer en el concepto de industrias de aldea que se mencionó en las secciones anteriores. Aquí, la premisa central es India First (BJP 1998); es decir, un nacionalismo económico en el que India deba ser construida por indios y en el que el desarrollo nacional depende ampliamente en los esfuerzos que los nacionales y el capital indio puedan realizar. De aquí que la idea sea lograr una economía competitiva a escala internacional basada en la protección de las industrias nacionales de alta tecnología, y que, al mismo tiempo, evite la dependencia excesiva de las importaciones de bienes de inversión. De esta manera, industria-lización y proteccionismo van de la mano.

En resumen, los ejes centrales sobre los cuales se estructura la agenda internacional india según esta escuela son: constituirse en líder global o actor global en el sistema internacional (tanto económica como militarmente), defender activamente su independencia en el sistema internacional, constituirse en base de mediación dentro del sistema internacional, dado el caso de que fuera necesario para el fortalecimiento de instancias institucionales más multipolares.

 

III.4. Neoliberalismo globalista (2004-2019)

 

La República de India no se mostró ajena a los procesos de cambio ocurridos en el plano internacional como resultado de la caída de la URSS. A partir de 1991, comienza un proceso de liberalización y privatización del aparato productivo indio a los fines de desmantelar el Industries Development and Regulation Act, 1951 (IDRA); también, peyorativamente, conocido como Licence Raj (Venkatesan 2023; Irwin 2025). Este concepto era tradicionalmente utilizado para criticar al aparato burocrático-estatal consolidado a lo largo del período 1947–1991, el cual había sido un producto directo de las políticas de desarrollo implementadas desde las administraciones de Nehru. Dicho aparato era tildado de ineficiente e ineficaz debido a la excesiva participación del Estado en la actividad económica.

Por otro lado, 1991 se presentó como un año agitado para el país en lo que a materia económica se refiere. En dicho año, India atravesó una fuerte crisis en la balanza de pagos que dejó al país al borde del default. A esto se le debe sumar el hecho de que la comunidad extranjera (principalmente EE. UU., a través de organizaciones internacionales como el FMI y el BM), al igual que la nueva generación india de dirigentes políticos, como Narasimha Rao[4]  y Manmohan Singh[5] (los cuales se habían formado en universidades extranjeras), comenzaron a presionar por la implementación de las reformas económicas establecidas por el Consenso de Washington. Tales reformas constituían, en esencia, un conjunto de políticas económicas tecnocráticas que entendían a las fuerzas del mercado como los principales instrumentos dinamizadores de la economía mundial, incluso en el contexto político indio, el cual se encontraba marcado por la vuelta al poder del Congress Party.

Lo anterior implicó, en términos impensados en tiempos de Nehru o de Indira Gandhi, el abandono de banderas económicas tradicionales del Congress. Como miembro del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés) y, posteriormente, en 1995, de la OMC, India asumió la liberalización de áreas como la de bienes, que con anterioridad habían sido consideradas estratégicas y de incumbencia sólo estatal; además de que adhirió a una liberalización similar en áreas como la de servicios, todo ello por medio de la adhesión tratados como el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (Trade-Related Intellectual Property Rights [TRIPs]) y al Acuerdo sobre las Medidas en Materia de Inversiones relacionadas con el Comercio (Trade-Related Investment Measures [TRIMs]).

 

Estos cambios parecían ir de la mano de la voluntad política de suscribir al multilateralismo liberal de 1990 y de unirse a una amplia gama de regímenes específicos, incluidos los relacionados con el medio ambiente, los derechos humanos y la intervención humanitaria. Esta aparente adaptación a las normas emergentes de una sociedad internacional liberal representó un cambio importante en la política exterior india, no solo si se la compara con la desafían tercera posición de la década de 1970, sino también con las revueltas más amplias contra el dominio occidental de la sociedad internacional que habían caracterizado al siglo XX y que provenían desde países emergentes como India (Hurrell y Narlikar 2006).

La combinación y síntesis de todo el contexto descrito no hizo otra cosa que provocar un cambio profundo en India respecto a su política exterior y proyección económica mundial. Este cambio implicó el abandono de la concepción india tradicional del Estado como agente absoluto del crecimiento económico, al igual que del discurso antiestadounidense existente desde 1947. Según el nuevo impulso neoliberalista indio, el país debía comenzar a ser comprendido como una gran potencia económica y militar, al tiempo que una sociedad multiétnica liberal, que debía combinarse con las potencias occidentales para garantizar la paz y la estabilidad no solo regional, sino también mundial (Husar 2016). Esto implicó que India se posicionara en el escenario internacional como un Estado dispuesto a negociar con los países en desarrollo, además de que se percibiera a sí misma como un país con la suficiente capacidad estatal como para sentarse en la misma mesa de negociación en la que participaban las consideradas potencias mundiales (Guerrero 2024; 2022a). Dicha perspectiva comprende que la principal herramienta con la que cuenta India para negociar con otros Estados es el comercio, dadas las condiciones únicas que presenta en materia económica a nivel mundial; aunque las capabilities militares, principales nucleares, también son un recurso a disposición a la hora de tener que negociar ciertos acuerdos.

En el plano militar, el fortalecimiento en la capacidad de negociación de India se tradujo en la profundización de sus propios programas nucleares, los cuales contaron con el apoyo formal de EE. UU., en especial desde la instauración de la administración Bush, debido a que India era concebida como un medio más con el cual contrarrestar la influencia china en el sudeste asiático. Tal y como lo afirmara Condolezza Rice durante la campaña electoral republicana del año 2000, China dejaba de ser vista por EE. UU. como una compañera y pasaba a ser entendida como una competencia (Rice 2000). De aquí que George W. Bush reforzara las conversaciones con India a partir de las bases configuradas por los diálogos realizados entre Talbott y Singh durante la administración Clinton. En este sentido, Jaswant Singh, durante su paso por Washington en abril del 2001, afirmó que “el Secretario Powell y yo hemos decidido que se aplique plenamente la arquitectura del diálogo que se había establecido anteriormente” (Talbott 2006: 2682). Ello llevó a que entre 2005 y 2008, los diplomáticos indios negociaran un tratado que deshizo décadas de lo que India denominaba apartheid nuclear.

Sin embargo, desde el punto de vista de política exterior, lo anterior no significó bajo ningún concepto una subordinación del accionar de India a los intereses estadounidenses. Un claro ejemplo de ello lo representa la participación activa que ha tenido India en las diferentes rondas de negociación que resultaron en la transformación del GATT en lo que, actualmente, se conoce como la OMC; rondas en las que dicho país actuó de manera coordinada con otras países emergentes a los fines de mejorar las condiciones de competitividad de las nuevas economías dentro del comercio internacional, tal y como se vio en la reunión ministerial de la OMC realizada en Cancún en septiembre del 2003 (Hurrell y Narlikar 2006). En una misma dirección se mostraron las participaciones indias en experiencias institucionales tales como el RIC, SCO, IBSA, o BRICS; actuando en algunos casos como miembro fundador y en otros incorporándose en una segunda instancia (Guerrero 2022a; 2024).

No está demás mencionar que el denominado 123 Agreement, generó una crisis política interna que amenazó con derrocar a Manmohan Singh, primer ministro indio de ese entonces, ya que era la primera vez que una negociación internacional sobre el tema y de tales características era encabezada por un gobierno indio. Dicho ministro fue una de los principales promotores y artífice del acuerdo, lo cual le valió enfrentarse a varios desafíos: la oposición política interna (tanto propia como ajena); complejidades burocrático-operativas en la implementación del acuerdo; como así también la crítica proveniente de la comunidad internacional.

En primer lugar, Singh debió enfrentarse a la crítica directa de la oposición. En este sentido, localmente se dudaba de la factibilidad del acuerdo y las negociaciones ya que George W. Bush era fuertemente criticado por los ataques preventivos realizados a Irak y Afganistán, siendo que Manmohan Singh era percibido como un primer ministro al que se consideraba falto de carácter; un funcionario muy civil, según lo expresado por el ex ministro del gabinete del BJP, Arun Shourie (Datta-Ray 2015). Incluso, Singh debió afrontar acusaciones por parte de parlamentarios provenientes del BJP, los cuales alegaron que fueron sobornados por la administración Singh para que votaran en favor del acuerdo (Datta-Ray 2008a). A ello se le debe sumar el hecho de que, internamente, el Congress Party no estaba muy seguro respecto a las capacidades y posibilidades efectivas del acuerdo, al tiempo que partidos aliados, principalmente de izquierda, estaban en desacuerdo con el acuerdo ya que no consideraban conveniente la construcción de lazos cercanos con EE. UU. (Schaffer 2009). Lo anterior, en su afan por lograr la materialización del acuerdo, obligó al primer ministro Singh a afirmar que, si su partido no le apoyaba, estaba dispuesto a sacrificar su mandato en pos de la firma del acuerdo (Datta-Ray 2008b).

En segundo lugar, el acuerdo representó una ingeniería burocrática de alta sofisticación; tanto el Plan de Separación indio acordado en marzo del 2006 hasta la aprobación por parte del Congreso indio de la legislación faltante en octubre del 2008. Ello se debe a que India se había comprometido a (Mussarat y Ishtiaq 2011): identificar y separar gradualmente las instalaciones y programas nucleares civiles de los militares, y presentar una declaración de instalaciones civiles al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA); colocar voluntariamente las instalaciones civiles bajo las salvaguardias del OIEA; firmar un Protocolo Adicional para las instalaciones civiles; mantener la moratoria unilateral sobre las pruebas nucleares; abstenerse de transferir tecnologías de enriquecimiento y reprocesamiento a Estados que no las poseen, así como apoyar los esfuerzos globales para limitar su proliferación; colaborar con EEUU para concluir un Tratado de Cesación de la Producción de Material Fisible (FMCT); y trabajar para asegurar materiales nucleares y tecnología mediante legislación de control exhaustivo de exportaciones y mediante la armonización y adhesión al Régimen de Control de la Tecnología de Misiles (MTCR) y las directrices del Nuclear Suppliers Group (NSG).

Consecuentemente, y en tercer lugar, la crítica internacional fue casi unánime y varios países occidentales fueron guiados por China para que se opusieran al acuerdo. Sin embargo, el primer ministro Singh logró que el congreso indio aprobara el acuerdo, ratificando India, de esta manera, el acuerdo logrado con EEUU (Datta-Ray 2008c). Como resultado, India se consolidó internacionalmente como un Estado el cual no ha suscrito aún el Tratado de No Proliferación Nuclear pero que oficialmente cuenta con el reconocimiento de nuclear status por parte de Estados Unidos (Carter 2006).

En síntesis, y en lo que a su política exterior se refiere, India ha buscado, en los últimos años, fortalecer su capacidad de negociación con las potencias por medio de su consolidación en el plano internacional como un trade State; al tiempo que se constituye en un balancer en materia de seguridad y fuerza militar, en especial en lo que a su área de influencia geopolítica en la península del Indostán y parte del Sudeste Asiático se refiere.

 

 

IV. Conclusiones

 

El estudio de la política exterior de India, a través de sus cuatro principales escuelas de pensamiento, revela un proceso evolutivo que ha sido guiado tanto por los contextos domésticos como por las presiones del sistema internacional. A lo largo de más de siete décadas, India ha transitado desde una posición de relativa marginalidad a convertirse en un actor crucial en el escenario global, con una política exterior que refleja sus aspiraciones de mayor protagonismo y autonomía.

El análisis del gandhianismo, con su enfoque en la no violencia y la moralidad en las relaciones internacionales, demuestra cómo los primeros años de una India independiente estuvieron marcados por una diplomacia guiada por principios éticos, en un esfuerzo por distanciarse de la política de poder característica de las potencias coloniales. Sin embargo, con la llegada del desarrollismo no alineado, bajo la administración de Nehru, India comenzó a buscar un papel más activo en el sistema internacional, promoviendo así una política de neutralidad que, aunque pragmática, no renunciaba a sus ideales de cooperación global y justicia económica.

La transición hacia el nacionalismo hindú a partir de los años 80 representó un cambio fundamental en la percepción de India sobre su rol en el mundo. Este enfoque realista basado en la afirmación de la identidad nacional hindú dio lugar a una política exterior más asertiva, en la que India buscaba proyectarse como una potencia emergente, capaz de desafiar el orden internacional establecido, pero también de mediar en los conflictos globales. Esta visión culminó en la defensa activa de su capacidad nuclear y en su búsqueda por un sistema internacional más multipolar.

El neoliberalismo globalista, por otro lado, trajo consigo una reconfiguración de la política exterior india, al reconocer que la integración en la economía global era una herramienta clave para alcanzar el desarrollo económico y fortalecer su posición en el escenario internacional. Bajo esta escuela, India comenzó a participar de manera más activa en organismos multilaterales, negociando acuerdos que favorecieran su crecimiento económico y su inserción competitiva en los mercados internacionales, al mismo tiempo que mantenía una postura firme en temas de seguridad nacional, como lo demuestra su programa nuclear.

En conclusión, la política exterior india ha sido el producto de una serie de transiciones ideológicas y estratégicas que han permitido al país adaptarse a los desafíos cambiantes del sistema internacional. Desde los ideales pacifistas del gandhianismo hasta el pragmatismo económico del neoliberalismo globalista, India ha buscado un equilibrio entre la promoción de sus intereses nacionales y su compromiso con un orden mundial más justo y representativo. A medida que India continúa su ascenso en el escenario global, su política exterior seguirá reflejando las tensiones y sinergias entre estas escuelas de pensamiento, configurando su interacción con un mundo cada vez más multipolar.

 

 

Referencias

 

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* Doctor en Ciencia Política (UNSAM). Becario posdoctoral por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y la Universidad Nacional de San Luis (UNSL).

El autor quiere hacer una mención especial a las devoluciones realizadas por los referís que tuvieron a su cargo la evaluación de este trabajo. Además, se agradece a Julio Leonidas Aguirre, Jorge Battaglino y Lucio Marinsalda Pastor por sus comentarios a anteriores versiones de este trabajo.

[1] En el caso del BRICS en particular, la principal fuente de controversia entre los países miembros ha venido de la mano de cuestiones históricas irresolutas (por ejemplo, conflictos territoriales o disputas geopolíticas por la hegemonía en las correspondientes regiones), pero no en relación al tipo de régimen político o del color partidario gobernante para un determinado momento histórico. Más aún, los países miembros han buscado utilizar la experiencia BRICS como ejemplo respecto a la posibilidad de constituir instituciones internacionales que comprendan a países de diferentes orígenes y recursos, pero que, al mismo tiempo, permitan llevar adelante procesos de toma e implementación de decisiones por medio de lógicas multipolares, deliberativas y representativas. Para una mayor discusión sobre el tema ver (Guerrero 2024; 2022a).

[2] Un muy buen ejemplo de ello fueron las tensiones y negociaciones derivadas en relación a la cuestión de Jammu y Kashmir. Para una rápida introducción al tema, ver Kapila (2002), Singh (1984) y Sultan (1982).

[3] El modelo Mahalanobis, fuertemente influenciado por el modelo soviético de industrias estatales, se enfocaba en que el gobierno creara industrias de bienes básicos y de capital. Este modelo proponía que se debía priorizar la industria pesada para llevar a la economía india hacia un crecimiento sostenido a largo plazo. El Segundo Plan buscaba determinar la mejor manera de distribuir la inversión entre los sectores productivos para maximizar el crecimiento económico a largo plazo. Este plan promovía un top-down industrialization desde las grandes industrias hacia abajo, estableciendo una base para el crecimiento de las industrias medianas y pequeñas, y extendiéndose hasta las industrias artesanales y de aldeas.

 

[4] Primer ministro de India entre 1991 y 1996.

[5] Primer ministro de India entre 2004 y 2014.