LA UNIÓN EUROPEA
EN LA TRANSICIÓN GLOBAL: LOS DESAFÍOS DE SU AGENDA CON AMÉRICA LATINA Y EL
CARIBE
Péter Rada*
Universidad
Metropolitana de Budapest
*
prada@metropolitan.hu
https://orcid.org/0000-0001-7415-0851
Laura Nyilas**
Universidad Ludovika de Servicio Público
* nyilaslaura98@gmail.com
https://orcid.org/0009-0001-7557-475X
Ariel
González Levaggi***
Pontificia
Universidad Católica Argentina
*
agonzalez.caei@hotmail.com
https://orcid.org/0000-0002-7326-3659
Recibido:
20 de diciembre de 2024
Aceptado:
10 de marzo de 2025
Resumen:
El
presente artículo aborda el papel global de la Unión Europea (UE) en el
contexto del cambiante orden mundial tras la invasión rusa a Ucrania, un evento
que ha reconfigurado las dinámicas de seguridad y cooperación internacional. La
UE enfrenta la necesidad de convertirse en una potencia regional creíble, capaz
de asegurar su autonomía estratégica y fomentar una agenda global que coloque
nuevamente atención en sus relaciones con América Latina. Una nueva agenda de
proyección global de la UE, si se maneja adecuadamente, podría fortalecer su
posición tanto interna como externamente, proporcionando una base sólida para
su influencia en un sistema internacional en transición hacia la
multipolaridad. En este sentido, el artículo no solo explora las limitaciones y
oportunidades del orden internacional basado en reglas, sino que también evalúa
el potencial de una cooperación más profunda con América Latina como un modelo
de conectividad global que podría beneficiar a ambas regiones, sin provocar
contramedidas significativas de potencias globales como Estados Unidos o China.
Palabras
clave:
Unión Europea; América Latina y el Caribe; autonomía estratégica; transición
global
THE EUROPEAN UNION IN THE GLOBAL TRANSITION: THE CHALLENGES OF ITS
AGENDA WITH LATIN AMERICA AND THE CARIBBEAN
Abstract: This paper addresses the global role of the European
Union (EU) in the context of the changing world order following the Russian
invasion of Ukraine, an event that has reconfigured the dynamics of security
and international cooperation. The EU faces the need to become a credible
regional power, capable of ensuring its strategic autonomy and fostering a
global agenda that refocuses its relations with Latin America. A new agenda of
EU global projection, if properly managed, could strengthen its position both
internally and externally, providing a solid foundation for its influence in an
international system transitioning toward multipolarity. In this regard, the
article not only explores the limitations and opportunities of the rules-based
international order but also assesses the potential for deeper cooperation with
Latin America as a model of global connectivity that could benefit both regions
without provoking significant countermeasures from global powers such as the
United States or China.
Keywords: European Union; Latin America and the Caribbean;
Strategic Autonomy; Global Transition
I. Introducción
Los
debates sobre el papel global de la UE han sido a veces acalorados y otras
veces soporíferos, y siempre han estado relacionados con la posición que la UE
pretendía alcanzar o mantener en Europa y, más ampliamente, en el mundo. La
caída de la Unión Soviética marcó el inicio del nuevo orden mundial y de una
nueva era histórica en reemplazo de la Guerra Fría, con el liderazgo global de
los Estados Unidos; una era cuyo final fue anunciado simbólicamente por un
líder europeo. Un año después de la invasión rusa en Ucrania y del inicio de la
guerra, el Canciller alemán Olaf Scholz se dirigió al
Bundestag y, en línea con los planteos de muchos,
declaró el fin de la era de la posguerra fría. La guerra de Ucrania
representaba para él un Zeitenwende (traducido
convencionalmente del alemán como ‘punto de inflexión histórico’ o ‘cambio de
época’), marcando definitivamente un nuevo comienzo en Europa.
El artículo presenta una evaluación teórica de dónde estamos;
cómo Europa puede ser “toda y libre” en un orden mundial cambiante. La
suposición básica aquí es que necesitamos comprender el complejo problema
político, económico y social que ha enfrentado la UE antes de que se pueda
hacer cualquier análisis científicamente válido sobre los pasos prácticos
necesarios de, por ejemplo, dejar entrar a Ucrania al club. Por un lado, la
trampa aquí es que las enormes consecuencias posibles de tal ampliación
necesitan una UE mucho más fuerte, tanto internamente como externamente. Por
otro lado, la ampliación puede hacer de la UE una potencia regional creíble que
es la base de cualquier ambición mundial.
Este último está relacionado con los debates sobre la autonomía
estratégica de la UE: una Europa entera y libre – por no hablar de una Europa
estable, segura y próspera – es la condición previa del futuro de la Unión
Europea, que necesita navegar en un entorno más geopolítico y geoeconómico. Es
decir, la UE sería teóricamente más fuerte si todos los países del continente
pudieran unirse (incluida Turquía, pero no Rusia), pero para que eso suceda, la
Unión Europea necesita ser ya fuerte principalmente internamente, pero también
externamente, para hacer frente a las potencias que trabajarán contra la
expansión regional —como Rusia— y que tendrán preocupaciones sobre una
presencia mundial más robusta de la UE —incluidas China y quizás los EE. UU.
(Rada y Varga 2023, 3-23)—.
Nuestro siguiente análisis no pretende revisar explícitamente la
política global de la UE. Su objetivo es describir la naturaleza de los cambios
en el orden liberal internacional y evaluar el margen existente para unas
relaciones más estrechas entre la UE y América Latina. Sabiendo que una
asociación mejor y más estrecha con América Latina no es necesariamente un
signo incuestionable de presencia global, el ensayo pretende evaluar las
relaciones interregionales como modelo o ejemplo de la importancia de la
conectividad global. América Latina es un buen ejemplo desde el punto de vista
de la UE, ya que el fortalecimiento de las relaciones puede no redundar a largo
plazo en interés de Estados Unidos o China, pero sin duda no provocará graves
contramedidas por parte de otras potencias mundiales. No pretendemos hacer
declaraciones normativas sobre la utilidad del orden liberal internacional; simplemente
afirmamos que una UE globalmente más conectada puede asumir también una
posición más alta en la política mundial, desde donde esta podrá influir de
forma más autónoma y eficaz en la agenda del “nuevo” orden mundial —esperemos
que todavía basado en normas—. Un orden mundial que sea más aceptable también
para los socios, en este caso América Latina.
II. Un Orden Liberal Internacional en crisis
No
es necesario ser un experto en relaciones internacionales para concluir que el
número de (aparentemente) nuevos conflictos y guerras abiertos es alarmante.
Desde 2022, no sólo ha regresado a Europa un conflicto de alta intensidad, sino
que la UE también tiene que afrontar las consecuencias del derretimiento de los
conflictos congelados que se consideran gestionables en su vecindario. Los
conflictos congelados han sido en gran medida mantenidos “en silencio” por el orden
liberal internacional mismo. Por lo tanto, cuando el orden está sacudiendo, los
actores regionales localmente valoran el cambio y los costos de oportunidad de
ganar, perder o mantener el conflicto. Las consecuencias son duras; muchos
conflictos distintos de Ucrania se han convertido en guerra desde principios de
2022: en Nagorno-Karabaj (Gavin 2023), Etiopía (The
Economist 2023), Myanmar (Sun 2023), más
recientemente, en Gaza (Beals y Salisbury 2023). La UE, y ahora los Estados
Unidos, están cada vez menos inclinados estratégicamente a participar. Las
consecuencias para la UE han sido graves durante mucho tiempo, y debido a los
desafíos visibles que surgen de estas regiones de conflicto, como la migración,
también crean serios debates internos[1].
Derramar más dinero en los conflictos definitivamente no conducirá a una
solución sostenible.[2]
El
“orden liberal internacional”[3]
se enfrenta sin duda a serias preguntas sobre su existencia, su lógica básica y
su funcionamiento. Rusia y China han estado empujando gradualmente las
fronteras del orden liberal internacional en los últimos años, mientras que
voces críticas están creciendo en los EE. UU. e incluso en la UE, pero no hay ningún
orden alternativo real a la vista. Los países se adhieren al orden ya sea
porque es en su interés directo (al menos a corto plazo), o porque no existe el
orden alternativo con la que alinearse. Un orden en sí mismo reduce la
incertidumbre, impidiendo que el mundo se convierta en la realidad de una
anarquía incontrolada. Parafraseando las famosas declaraciones de Winston
Churchill hechas en un discurso de 1947 durante un debate en la Cámara de los
Comunes del Reino Unido[4],
y a sabiendas de que ya que se han probado varios órdenes – desde la expansión
imperial, pasando por la anarquía de los estados que maximizan su poder, hasta
la estabilidad relativa traída por la bipolaridad en el nivel sistémico –,
podemos decir que el “orden liberal internacional” no es perfecto ni una
solución en todos los casos, y que de hecho representa la peor lógica de un
sistema internacional, excepto las que ya hemos intentado (Pongrácz
y Rada 2023, 78-94).
El
orden mundial es el marco de equilibrio dentro del cual las motivaciones de la
política exterior se coordinan de manera óptima. Si el equilibrio es perturbado
– y la agresión rusa ha alterado las percepciones relacionadas con este
equilibrio, si no el orden mismo –, los actores individuales toman medidas más
allá del espectro de la seguridad y el bienestar para mejorar su posición en el
orden mundial. Sin embargo, estos pasos individuales pueden empeorar
significativamente las perspectivas percibidas por otros agentes en términos de
seguridad y bienestar, desencadenando nuevas reacciones. En la interacción de
las reacciones, la lógica del orden mundial no cambia, pero los beneficios
percibidos para los agentes individuales, tanto en términos de seguridad como
de bienestar, pueden convertirse en negativos.
Las
motivaciones de los actores del sistema internacional pueden ser infinitas,
pero los análisis, restringidos al espectro realista-liberal y complementados
por una metodología constructivista, sugieren que, en última instancia, dos
cuestiones serán cruciales al final del día: la seguridad y el bienestar. El
bienestar de los ciudadanos de un país —y suponemos, aunque sea demasiado
simplista, que este es realmente el objetivo de los líderes, incluso en los
países autoritarios, si quieren permanecer en el poder a largo plazo— sólo
puede garantizarse cuando existe seguridad. La seguridad, entrelazada con la
cuestión de la supervivencia, es una categoría absolutamente realista que,
indudablemente, restringe el margen de maniobra. Si no hay seguridad, un Estado
es más propenso a tomar decisiones atrapadas en el ámbito realista de la
autoayuda y el poder. En presencia de bienestar económico, un Estado puede
abordar cuestiones características del “orden liberal internacional”, como la
continua expansión y promoción de los derechos humanos inalienables
interpretados universalmente.
La
legitimidad del orden mundial —que significa que sus actores se adhieren a sus
reglas— se deriva del equilibrio del orden, garantizando su seguridad, y de que
la creación, el mantenimiento y el desarrollo del bienestar económico sean posibilidades
tangibles. Sin embargo, esto es una cuestión de percepción –en este caso entra
en juego la lógica metodológica constructivista– porque es cuestión de
perspectiva (visión del mundo) (Katzenstein 2022) y
depende de la evaluación de los líderes de los Estados. Por ejemplo, desde la
perspectiva de Putin, la ampliación de la OTAN es prueba de la expansión
imperial de Occidente; en realidad, la OTAN representaba una amenaza
principalmente para las ambiciones imperiales de Putin, no para Rusia misma.
Numerosos estudios han explorado los factores que conducen a la decisión de
Putin (Cancian 2022), pero el punto clave es que
desencadenó reacciones inmediatas estadounidenses y europeas, afectando así el
orden mundial, y la cadena de acciones casi perturbó el equilibrio cómodo.
En
consecuencia, surge la cuestión de la legitimidad del “orden mundial” (Rada
2023, 1-15). Por lo tanto, las medidas tomadas por los Estados Unidos para
restablecer el equilibrio del orden mundial, o su falta, tienen consecuencias
negativas adicionales. El “orden liberal internacional” fue establecido por los
Estados Unidos, y su equilibrio ha sido supervisado por Washington en las
últimas décadas. Por lo tanto, cualquier desviación de este patrón original entraña
consecuencias negativas —percibidas o reales— desde la perspectiva de los
Estados Unidos, que Washington busca remediar inmediatamente. También es
evidente que la UE ha sido benefactora del orden liberal internacional liderado
por Occidente, por lo que el equilibrio es también en interés de la UE, que
está en peligro no sólo por críticos revolucionarios, como China o Rusia, sino
también por la (sobre)reacción de los Estados Unidos. Creyendo que el objetivo
de la UE[5]
es gestionar y mantener el equilibrio, si todos los demás actores principales
están cambiando, la UE debería actuar en consecuencia. Por lo tanto, Zeitenwende se refiere a la volatilidad en la que la
UE necesita estar más preparada, más independiente, definitivamente más fuerte
y más autónoma.
Desde
una perspectiva europea, el orden mundial ideal es aquel en el que el espacio
de maniobra se amplía, manteniendo una relación especial y una estrecha alianza
con los Estados Unidos. La UE aspira a ser una potencia del status quo,
mientras que China y Rusia son vistas como potencias revisionistas, y los
Estados Unidos son percibidos como impredecibles[6].
Existen herramientas institucionales para ello (OTAN, G7, Transatlantic
Partnership Council, etc.). Parafraseando las
palabras del primer Secretario General de la OTAN, Lord Ismay, la estrategia
que debe seguir la UE es mantener a los estadounidenses cerca, a los rusos
abajo y a los chinos lejos[7].
Aunque esto pueda sonar fácil, la apertura económica característica de la UE y
el mundo de la interdependencia, que es un principio fundamental, dificultan
mantener la credibilidad de la alianza estadounidense cuando no es en el
interés de la Unión Europea apoyar incondicionalmente los esfuerzos
geopolíticos de los Estados Unidos –aunque parte del objetivo sea mantener un “orden
liberal internacional” apropiado.
Otro
dilema políticamente (económicamente) desafiante es cuánto tiempo y hasta qué
punto la UE puede mantener relaciones estrechas con China si esta actúa como un
desafío al orden mundial. También vale la pena señalar, no como dilema sino
como realidad, que la UE no puede ignorar a Rusia, ya que tendrá que cooperar
con ella después de la guerra por razones tanto de seguridad como económicas.
Un escenario importante y no negligible es la posibilidad de que los Estados
Unidos, cediendo al creciente sentimiento nacional antiguerra (Chatelain 2023), busquen gradualmente transferir los costos
de la guerra ucraniana a los socios europeos, junto con una mayor
responsabilidad por el mantenimiento de la seguridad europea. (Sikorski 2023,
66-77). Este escenario podría llegar a ser particularmente realista en un nuevo
giro hacia Asia[8], guiado
por una lógica realista y no por una ideología liberal.
La
UE no se centró más seriamente en el desarrollo de capacidades de defensa
independientes en la última década por casualidad, y el Tratado de Lisboa
proporcionó una oportunidad institucionalizada para una integración
diferenciada (Koller 2012, 35-57). Sin embargo, la
existencia del desarrollo y el potencial de la defensa de la UE en el papel por
sí solos no representan un auténtico crecimiento de capacidades. Los grupos de
combate de la UE tienen casi veinte años, y aunque el primer grupo de combate
fue puesto en espera en 2007, ninguno ha sido desplegado desde entonces[9].
La Cooperación Estructurada Permanente (PESCO)[10],
establecida legalmente, se inició en 2017 entre los Estados miembros de la UE
interesados en ella. A pesar de la aprobación del documento Strategic
Compass for
Security and Defense (Brújula Estratégica para la Seguridad y la Defensa)[11]
y el establecimiento del Fondo Europeo de Paz en 2022, la guerra muestra que la
UE difícilmente sería capaz de disuadir a una potencia revisionista sin el
apoyo de los Estados Unidos (y de la OTAN)[12].
Además de crear marcos institucionales para las capacidades de defensa, la
unidad europea también debe funcionar en la práctica para mejorar la
credibilidad, condición necesaria. En cuestiones cruciales para el futuro orden
mundial, como la cooperación con Rusia después de la guerra y las relaciones
con China, no existe una posición europea unificada, y los Estados miembros más
grandes de la UE persiguen intereses de política exterior individuales,
socavando la eficacia de la política exterior de la Unión Europea. (Sikorski
2023, 66-77). Alemania ha sido particularmente examinada en este respecto.
Desde
la perspectiva de la autonomía estratégica europea, la primera amplia
estrategia de seguridad nacional alemana[13]
presentada en junio de 2023 puede considerarse un hito, aunque, según los
críticos, no por el documento en sí[14].
En el espíritu de la Zeitenwende Scholziana, integra problemas de seguridad específicos de
cuestiones teóricas (Marton, Balogh y Rada 2015) con
cuestiones de defensa prácticas. El documento refleja el cambio de pensamiento
político observado en Europa, señalando la salida de Alemania de su reticencia
histórica a articular una visión política de la seguridad europea. En el caso
de Alemania, este pensamiento estratégico y el nacimiento de algún tipo de
cultura estratégica indican la necesidad de un desarrollo serio y notable, que
se complementa con el desarrollo del ejército alemán y el aumento de los gastos
de defensa. Una interpretación crucial de la estrategia de seguridad nacional
es que Alemania contempla el futuro en el actual “orden liberal internacional”
y dentro de los marcos de seguridad institucional proporcionados por la OTAN y
la UE. Alemania se ve en estrechas alianzas y asociaciones con los Estados
Unidos y contempla una futura cooperación con China. En este escenario,
Alemania, como el país más poblado y económicamente más fuerte de Europa,
reconoce una clara responsabilidad por el mantenimiento de la paz, la seguridad
y la prosperidad en un orden internacional libre pero cada vez más multipolar.
El
cambio declarado en el pensamiento estratégico alemán es de suma importancia
para toda la UE, y se puede anticipar una modificación de la visión europea
tradicional liderada por el tándem franco-alemán. Históricamente, el contenido
político de esta visión fue determinado principalmente por los franceses,
mientras que su contenido económico fue modelado por los alemanes. El concepto
político alemán en evolución prevé una mayor responsabilidad de Berlín para
mantener un orden mundial que esté fundamentalmente alineado con la paz, la
seguridad, la prosperidad (y la democracia) garantizadas por el marco
institucional actual, un orden que se está convirtiendo gradualmente más
multilateral, con China desempeñando un papel importante en él. Según la visión
estratégica alemana, este enfoque sólo será eficaz cuando la UE pueda unirse,
prevenir la migración ilegal, fomentar la unidad económica y reducir los
esfuerzos bloqueados por intereses particulares hacia objetivos paneuropeos.[15]
III. Una
Europa más fuerte y una asociación global con América Latina
La
UE se ha convertido en una entidad económica y política postmoderna que está
mal preparada para hacer frente a un mundo lleno de amenazas tradicionales a la
seguridad. La expresión simbólica de “gigante económico pero enano político” (Brözel 2014) ha cambiado considerablemente, pero el
proyecto económico de la UE diseñado y gestionado bajo el liderazgo alemán de
la ortodoxia monetaria, la austeridad fiscal y el libre flujo de comercio e
inversión require un orden liberal internacional. Los
principios una vez sagrados de la ideología económica liberal han sido
cuestionados por la realidad geoeconómica (Matthijs
2023, 168-179). Ursula von der Leyen se refirió a la
ambición de cambio ya en su primer discurso en 2019[16],
en consecuencia con esta tendencia. Tradicionalmente, la UE no ha sido una
potencia política que utilice sus vastas herramientas económicas con fines
políticos para establecer activamente el programa del orden mundial. Como
consecuencia de la pandemia y sobre la base de la triste experiencia de la
insuficiencia de capacidad para hacer frente a ella, la Comisión Europea se dinamizó
en la creación de instrumentos de resiliencia macroeconómica a gran escala –por
ejemplo, un fondo masivo[17]
sin precedentes para la recuperación post Covid– y en la
supervisión de la solidaridad europea, al tiempo que se volvía más activa y
vocal en la lucha contra la competencia desleal y la presión tanto de los
Estados Unidos como de China.
El
origen de la UE es un proyecto de paz regional y un proyecto económico regional
exitoso. Sin embargo, para mantener los beneficios positivos de estos procesos,
la UE ha necesitado poner dinero real detrás de las ambiciones políticas para
ser y seguir siendo resiliente y proactiva en un mundo en cambio. La
competencia estratégica global y más intensa entre los Estados Unidos y China
puede consumir fácilmente la cuota de mercado de la UE en industrias críticas,
por ejemplo en la innovación y las tecnologías relacionadas con la fabricación
de automóviles, la energía verde, la IA, etc., todas las cuales requieren esos
minerales raros que tampoco son abundantes en Europa. En consecuencia, la UE ha
comenzado a avanzar hacia un poder regulador central más fuerte dentro del
mercado único que sea efectivo fuera de la UE. El Instrumento de Adquisiciones
Internacionales[18], el
Reglamento de Subvenciones Exteriores[19]
y la primera estrategia de seguridad económica independiente[20]
ayudan a “armar” la economía y protegen a la UE de cualquier presión externa y
de las guerras comerciales. Este proceso también conduce a menos y menos
tolerancia dentro del bloque hacia los Estados miembros individuales. Es decir,
la lógica de una UE más poderosa, que a su vez sea más estable y segura para
los miembros, viene con un precio de menos independencia para los Estados
miembros.
La
literatura es relativamente unificada en cuanto al hecho de que la agresión
rusa ha creado una situación geopolítica para la UE, que no ha sido
experimentada desde la Guerra Fría —en cierta medida, desde la Segunda Guerra
Mundial (Ash 2023)—. Los esfuerzos de Putin para construir un imperio y el
intento de colonizar Ucrania exigen que la UE sea capaz de pensar unida políticamente,
al menos en cuestiones estratégicas, debido a la necesidad de un proceso de
toma de decisiones más rápido. Sin embargo, según algunos críticos (Sonnicksen 2022, 114-133; McGee 2021; Kudarauskas
2023) esto puede potencialmente conducir a una federalización no deseada.
Incluso la autonomía estratégica no garantiza que la UE se mantenga alejada de
los conflictos mundiales, aunque la demanda de una mayor seguridad exigiría que
se mantuviera neutral. Debido a la interdependencia económica y a la necesidad
de elevar, o al menos mantener, el nivel de bienestar, la UE no quedaría
alejada, por ejemplo, de un conflicto entre Estados Unidos y China[21].
Después de dos años, las estimaciones sugieren que la guerra en Ucrania ha
costado a la UE alrededor de €190.000 millones; las sanciones contra China y
sus repercusiones económicas mundiales tendrían consecuencias mucho más graves
y costosas. (Sikorski 2023, 66-77).
El
retorno de los desafíos revisionistas a Europa hace necesaria la creación de
una Europa más fuerte, basada en una relación transatlántica más equilibrada y
apoyada en una UE estratégicamente autónoma y capaz. En términos de seguridad,
es crucial que la UE desconecte las poco fiables fuentes de energía (y materias
primas) rusas, al tiempo que realiza una transición gradual hacia la energía
verde con el objetivo último de la neutralidad climática. La UE debe servir
como una fuerza política basada en valores compartidos, que proporcione una
alternativa eficaz y atractiva al mundo retrospectivo de Putin. Esta
alternativa debe estar abierta a socios globales. En otras palabras, la UE se
hará más fuerte tras fortalecer sus relaciones con América Latina.
La
posible conclusión de la guerra en Ucrania y un visible cambio en la política
exterior de EE. UU. bajo una nueva administración de Trump alterarían
significativamente el cálculo estratégico de la Unión Europea (Ischinger 2025). Si Estados Unidos reduce su compromiso con
la seguridad europea, como Trump ha sugerido anteriormente (O’Brien 2024), la
UE se verá obligada a acelerar sus esfuerzos hacia la autonomía estratégica,
tanto en el ámbito militar como en el económico (Rada y Gyarmati-Szijj
2024b). Aunque este cambio podría desafiar la alianza transatlántica, también
podría conducir al desarrollo de un marco de seguridad y defensa más
independiente para la UE, reforzando su posición como actor geopolítico. Sin
embargo, sin una visión clara y unificada entre los Estados miembros, dicha
autonomía sigue siendo difícil de alcanzar. La guerra en Ucrania ya ha expuesto
la dependencia de la UE en garantías de seguridad externas, y un EE. UU. menos
comprometido obligaría a una cooperación de defensa europea más profunda,
posiblemente a través de mecanismos como la Cooperación Estructurada Permanente
(PESCO) y el Fondo Europeo de Defensa. La Brújula Estratégica, una iniciativa
destinada a mejorar la coordinación en defensa europea, podría cobrar una
importancia renovada, pero la cuestión clave sigue siendo si los Estados
miembros están dispuestos a aumentar significativamente el gasto en defensa y
los esfuerzos de coordinación (Rada y Gyarmati-Szijj
2024a).
Una
política exterior liderada por Trump, que históricamente ha criticado a la OTAN
y ha exigido a los aliados europeos que contribuyan más a su propia seguridad,
podría no solo profundizar las divisiones dentro de la UE, sino también
debilitar su postura de defensa colectiva. Los líderes europeos, especialmente
en Francia y Alemania, han abogado durante mucho tiempo por una Europa más
autosuficiente en cuestiones de seguridad, pero el progreso hacia una política
de defensa autónoma ha sido lento. Esto se debe en parte a las debilidades
estructurales dentro de las instituciones de la UE, así como a la reticencia de
ciertos Estados miembros a ceder soberanía sobre decisiones militares y de
política exterior. Sin embargo, incluso Polonia y los Estados bálticos,
tradicionalmente alineados con Washington y escépticos sobre la capacidad de la
UE para protegerlos frente a una posible agresión rusa, ahora están buscando
soluciones a nivel europeo. Si EE. UU. se retira de los asuntos europeos, estos
países podrían sentirse vulnerables, lo que aumentaría las tensiones dentro de
la UE en cuanto a los compromisos de seguridad y defensa. Esto podría conducir
a un enfoque fragmentado, donde algunos Estados busquen acuerdos bilaterales
con EE. UU. mientras que otros impulsen una Unión Europea de Defensa más
sólida.
Paralelamente,
la propia OTAN enfrenta un futuro incierto. Aunque los líderes europeos podrían
intentar mantener la alianza intacta, una retirada estadounidense de los
asuntos de seguridad europeos debilitaría significativamente sus capacidades de
disuasión. La posibilidad de que una administración Trump cuestione o incluso
reduzca los compromisos de EE. UU. bajo el Artículo 5 de la OTAN generaría
alarma en muchas capitales europeas. Una OTAN debilitada podría envalentonar a
Rusia, cuya posible victoria —ya que la paz podría interpretarse como una
victoria desde la perspectiva rusa— en Ucrania no solo cambiaría el equilibrio
militar en Europa, sino que también enviaría una fuerte señal a otros regímenes
autoritarios de que los mecanismos de disuasión de Occidente están fallando. Un
escenario de este tipo obligaría a la UE a replantear su postura de seguridad,
invirtiendo en capacidades militares conjuntas, intercambio de inteligencia y
una fuerza de respuesta rápida más cohesionada. Aquí, lo importante no son los
hechos, sino las expectativas sobre y desde las capacidades de la UE.
Al
mismo tiempo, el fin de la guerra en Ucrania —ya sea mediante un conflicto
congelado, un acuerdo negociado o una victoria impuesta por Rusia— tendría
consecuencias geopolíticas a largo plazo para la UE. Si Rusia permanece como la
fuerza dominante, probablemente buscará consolidar su influencia en Europa del
Este y más allá, desafiando a la UE y socavando la credibilidad de sus
garantías de seguridad para los Estados aspirantes a la adhesión, como Ucrania,
Moldavia y Georgia. Las implicaciones para la ampliación de la UE serían graves,
potencialmente paralizando el proceso de adhesión durante años y reforzando el
escepticismo sobre la capacidad de la UE para proyectar estabilidad en su
vecindario (Rada y Nyilas 2023).
En
este contexto, una UE más estratégicamente autónoma podría encontrar nuevos
incentivos para expandir su compromiso económico y diplomático con América
Latina. A medida que Washington adopta un enfoque más transaccional en política
exterior y se repliega hacia el interior, Bruselas tiene la oportunidad de
posicionarse como un socio estable y confiable para las naciones
latinoamericanas. El fortalecimiento de las relaciones UE-ALC no solo serviría
como un seguro económico frente al creciente proteccionismo estadounidense,
sino que también reforzaría el multilateralismo y la gobernanza basada en
normas en el comercio y la seguridad globales. Además, con la creciente
presencia de China en América Latina, la capacidad de la UE para presentar una
asociación alternativa basada en valores compartidos y desarrollo sostenible
adquiriría mayor relevancia. A medida que la UE busca reestructurar sus cadenas
de suministro y reducir la dependencia de potencias externas, las economías
ricas en recursos de América Latina podrían desempeñar un papel crucial en las
transiciones verde y digital de Europa. A pesar de este potencial, persisten
desafíos estructurales. Sin embargo, el orden global cambiante ofrece nuevos
incentivos para superar estos obstáculos. Con EE. UU. posiblemente retirándose
de acuerdos multilaterales, los países latinoamericanos también deben buscar
socios comerciales alternativos. La UE, a pesar de sus complejidades
burocráticas, ofrece un socio estable y predecible que se alinea con los
intereses a largo plazo de América Latina en áreas de beneficio mutuo, como el
desarrollo sostenible, la transformación digital y la transición energética
verde. Una mayor presencia de la UE en América Latina también podría servir
como contrapeso a la creciente influencia de China. La UE podría presentarse
como una alternativa viable promoviendo un modelo de inversión que priorice la
sostenibilidad, la transparencia y el comercio justo. Iniciativas como Global
Gateway, la respuesta de la UE a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China,
podrían desempeñar un papel clave en este esfuerzo.
Bruselas
tiene una serie de desafíos críticos a nivel global donde América Latina puede
jugar un lugar clave como socio interregional. En un contexto de ’interregno’ (Sanahuja
2022) y ‘policrisis’ (Serbin
2024) en el orden internacional, las relaciones birregionales entre la Unión
Europea (UE) y América Latina y el Caribe (ALC) se encuentra frente a un
contexto cargado de incertidumbre (Van Klaveren
2023). A pesar de una extensa trayectoria de cooperación birregional, los
vínculos no han alcanzado el grado de profundidad ni intensidad estratégica que
el contexto demanda. Si bien durante la última década la UE ha intentado
revitalizar su proyección global con la búsqueda la autonomía estratégica
frente a desafíos sistémicos, América Latina –una región que históricamente ha
compartido valores y principios clave con Europa, como el multilateralismo y la
democracia– no parece haber recibido la atención tanto por las prioridades
externas centradas en los frentes oriental y sur, como por las presiones
domésticas que afectan el avance en temas claves como la aprobación del tratado
entre la UE y Mercosur.
El marco de cooperación entre la UE y ALC se ha visto tensionado
por prioridades divergentes. Para América Latina, el desarrollo económico, la
promoción de un comercio sin barreras proteccionistas (Ruano 2010, 160) y el
avance del acuerdo Mercosur-UE constituyen pilares fundamentales de su
interacción con Europa (Malamud 2023). Sin embargo,
la materialización de estos objetivos requiere una UE capaz de asumir costos y
adaptar sus instrumentos económicos y políticos para avanzar con una agenda de
diversificación de socios globales, en un contexto donde la guerra en Ucrania
afecta los cálculos estratégicos de Bruselas. Desde esta perspectiva, la noción
de autonomía estratégica se presenta como un marco conceptual idóneo para
entender y fortalecer la asociación birregional en una era marcada por
incertidumbres globales y cambios estructurales. En este sentido, América
Latina constituye un socio clave para consolidar esa autonomía.
Para Sanahuja (2023), la importancia de profundizar los vínculos
entre la Unión Europea y la región latinoamericana tiene tres razones claves
dado el contexto global: primero, estas relaciones permiten ampliar la
autonomía estratégica y la resiliencia de ambas regiones, promoviendo
asociaciones confiables en un mundo marcado por incertidumbres y rivalidades
geopolíticas, con el objetivo de reforzar la gobernanza global; en segundo lugar,
la cooperación birregional puede fortalecer la democracia y las sociedades
abiertas, abordando las raíces de la desafección ciudadana, como la desigualdad
y la falta de progreso, al mismo tiempo que se promueven políticas públicas
eficaces y el desarrollo inclusivo; y finalmente, esta asociación debe
enfocarse en una “triple transición” —verde, digital y social— que impulse el
desarrollo económico y social de forma justa, garantizando que las políticas de
cooperación y comercio no solo reduzcan desigualdades preexistentes, sino que
prevengan la creación de nuevas brechas derivadas de estos procesos
transformadores.
En este sentido, los lazos con América Latina no solo no acarrean
tensiones geopolíticas propias de otras regiones (Schenoni
y Malamud 2021), sino que de base estos vínculos
tienen raíces históricas y comparten visiones comunes tanto en términos de
valores democráticos como en el modo de inserción internacional basada en
normas y reglas internacionales (Comisión Europea 2023). Además, América Latina
tiene el potencial de desempeñar un rol clave en la diversificación de las
cadenas de suministro europeas, así como en el fortalecimiento de un sistema de
gobernanza multilateral en seria crisis. No obstante, los avances han sido más
simbólicos que concretos. Por ejemplo, ambas partes han reactivado el esquema
de cooperación UE-CELAC luego de ocho años con la reunión de alto nivel en
Bruselas llevada a cabo en 2023, incorporando una agenda verde y digital en la
cooperación interregional, aunque sin resultados demasiados tangibles más allá
de la firma de Alianza Digital UE-LAC.
En
relación a la cooperación económica, uno de los ejes centrales de las
relaciones UE-LAC ha sido la promoción del comercio, una herramienta
fundamental para la diversificación de mercados para ambas partes. Entre los
acuerdos de libre comercio más destacados se encuentra el Acuerdo de Asociación
Económica, Concertación Política y Cooperación México-UE vigente desde el año
2000 y actualizado en 2020, que abarca áreas como acceso a mercados,
sostenibilidad y protección de inversiones. Asimismo, el TLC entre la UE y Chile,
vigente desde 2005, fue modernizado recientemente para incorporar nuevas disciplinas,
incluyendo aspectos ambientales y digitales. Otro pilar de la relación
birregional es el Acuerdo de Asociación entre la UE y Centroamérica, suscrito
en 2012, que integra comercio, diálogo político y cooperación en un marco
integral, pero cuyo núcleo principal es la reducción de aranceles y el aumento
de la eficiencia de los procedimientos aduaneros. A nivel subregional también
es clave mencionar el Acuerdo de Asociación con los países de la Comunidad
Andina —Colombia, Perú y Ecuador— que permite acceso preferencial a mercados
estratégicos desde su implementación gradual entre 2013 y 2017 (European Parliament 2017).
Finalmente, la firma del Acuerdo de Asociación Estratégica
Mercosur-UE en 2019 abrió las puertas para avanzar en un acuerdo de libre
comercio entre las partes. Dicho acuerdo político se concretó tras años de
estancamiento, pero a un lustro de su firma todavía no se han generado las
condiciones para avanzar en un compromiso para transformar el acuerdo político
en uno comercial, ya sea por falta de voluntad de los países del MERCOSUR, puntualmente
el gobierno de Alberto Fernández en Argentina (2019-2023), como también ciertos
países europeos que explícitamente lo han rechazado, como el caso de Francia, cuyo
Presidente Emmanuel Macron planteó durante una visita a Argentina que su país “no
cree en el acuerdo tal como se negoció” (Infobae 2024).
Los
avances en la ratificación del acuerdo han enfrentado múltiples obstáculos,
especialmente relacionados con nuevas regulaciones ambientales y medidas
proteccionistas impulsadas del lado europeo. La presión de grupos agrícolas
europeos, temerosos de una competencia desleal, y las críticas hacia las
políticas medioambientales de países como Brasil, han ralentizado el progreso. Dicha
situación generó una respuesta por parte del presidente brasileño Lula Da
Silva, quien criticó las nuevas exigencias ambientales que la Unión Europea ha
incluido como un doble estándar, exigiendo sacar dichas regulaciones para
seguir las negociaciones[22].
En este sentido, el ambientalismo y el proteccionismo europeo se presentan como una barrera al desarrollo económico y a la
integración de los países del Cono Sur en las cadenas de valor globales. Desde
la perspectiva de los países del MERCOSUR, una prioridad clave es asegurar que
las relaciones comerciales con Europa no sean percibidas como una prolongación
de dinámicas desiguales. Esto implica no solo evitar prácticas proteccionistas,
sino también fomentar una mayor participación de los países latinoamericanos en
cadenas de valor más sofisticadas. El acuerdo UE-Mercosur puede jugar un rol
transformador en este sentido, pero requiere un enfoque que combine compromisos
mutuos en desarrollo sostenible y acceso justo a los mercados.
Pese a estas tensiones, la necesidad de
concretar este acuerdo se ha vuelto más evidente en el actual contexto global.
Para Europa, Mercosur ofrece acceso a recursos estratégicos y una oportunidad
para contrarrestar la creciente influencia de China a nivel global. Para los
países del Mercosur, el acuerdo representa una puerta de entrada a mercados
clave, así como un incentivo para modernizar sectores económicos cruciales bajo
estándares internacionales. La reciente reactivación de las negociaciones y los
compromisos mutuos de avanzar en cuestiones ambientales y de desarrollo
sostenible sugieren que aún existe una ventana de oportunidad para consolidar
este acuerdo como un pilar de la relación birregional. Sin embargo, como afirma
Sanahuja y Rodríguez (2023)
todavía hay cuatro «nudos gordianos» por resolver que
incluyen las polémicas demandas ambientales, la adaptación del acuerdo a un
esquema desarrollo y al retorno de la política industrial, los problemas dentro
del MERCOSUR y los condicionantes propios de la UE.
Otro ámbito clave de la cooperación UE-LAC
en la última década ha sido la promoción del desarrollo sostenible en clave de
las transiciones globales en materia energética, medioambiental y digital. En
línea con las prioridades estratégicas de ambas regiones, la transición
energética ha emergido como un área de colaboración en crecimiento. América
Latina, con sus vastos recursos naturales y su experiencia en energías
renovables, se perfila como un socio estratégico para Europa en su ambición de
lograr la neutralidad climática hacia 2050. En un esquema de cooperación global
en torno al cambio climático y programas de cooperación específicos como
EUROCLIMA, surge un marco para la cooperación en áreas como la
descarbonización, la protección de la biodiversidad y la adopción de
tecnologías limpias. En paralelo, la UE necesita reconocer las crecientes
expectativas de América Latina respecto a la cooperación en innovación
tecnológica y financiamiento para el desarrollo. En un contexto donde la región
enfrenta presiones por diversificar sus economías y reducir su dependencia de
industrias extractivas, Europa puede desempeñar un papel clave proporcionando
herramientas para la transformación productiva.
La asociación birregional UE-LAC tiene el
potencial de convertirse en un modelo de cooperación en un mundo multipolar si
se abordan eficazmente las prioridades compartidas. En el contexto de un
sistema internacional caracterizado por incertidumbres, ambos bloques tienen la
oportunidad de construir una relación que no solo aborde los desafíos
inmediatos, sino que también siente las bases para una asociación estratégica realista.
IV. Conclusión
En
el marco de un sistema internacional en transición, la Unión Europea enfrenta
la necesidad de redefinir su papel global, asegurando su autonomía estratégica
y fortaleciendo su capacidad para responder a desafíos complejos. Este contexto
subraya la importancia de consolidar alianzas estratégicas con regiones que
comparten valores fundamentales y ofrecen oportunidades complementarias, como
América Latina. La región ocupa un lugar periférico en el marco de una lectura
estricta sobre autonomía estratégica europea, pero una interpretación más
amplia coloca a América Latina como un espacio de interdependencia y
cooperación en base a las oportunidades que traen las ‘otras’ transiciones
(energética, digital y medioambiental) (Verdes-Montenegro 2022, 216-217).
Las
relaciones UE-AL en la última década han evidenciado un progreso significativo
en este segundo tipo de agenda, pero también han puesto de manifiesto tensiones
y desafíos persistentes. Por un lado, la cooperación birregional ha sido
reforzada por iniciativas como la reactivación de la Cumbre UE-CELAC y los
esfuerzos para avanzar en acuerdos comerciales como el UE-Mercosur. Por otro
lado, cuestiones como el proteccionismo europeo, las preocupaciones
medioambientales y la creciente competencia geopolítica de actores como China
han dificultado la materialización plena de estos esfuerzos.
La
noción de autonomía estratégica proporciona un marco útil para comprender y
potenciar esta relación birregional. En un escenario global cada vez más
incierto, América Latina ofrece a la UE una oportunidad única para diversificar
sus alianzas económicas, consolidar su liderazgo normativo y proyectar una
política exterior más coherente y efectiva. Para América Latina, la asociación
con Europa representa un camino hacia el desarrollo sostenible, la reducción de
desigualdades y una mayor inserción en cadenas de valor globales.
El
fin de la guerra en Ucrania y la posible desvinculación de EE. UU. de los
asuntos de seguridad europeos crean un momento decisivo para la Unión Europea.
Si Bruselas logra gestionar con éxito esta transición, podría emerger como un
actor global más autónomo e influyente. Sin embargo, lograr la autonomía
estratégica requiere superar importantes obstáculos internos y externos. La UE
debe reconciliar los intereses de sus Estados miembros, invertir en capacidades
de defensa y consolidar alianzas más allá de la asociación transatlántica.
América Latina representa una oportunidad única para que la UE diversifique sus
relaciones internacionales, fomente un crecimiento económico sostenible y
refuerce su papel como defensora del multilateralismo. Aunque persisten
desafíos históricos, el panorama global en transformación proporciona un nuevo
impulso para una cooperación más profunda. Al abordar las barreras comerciales,
mejorar el compromiso diplomático y posicionarse como una alternativa creíble a
otras potencias globales, la UE puede construir una asociación más sólida y
resiliente con América Latina, beneficiando a ambas regiones en un mundo cada
vez más multipolar.
El
fortalecimiento de este vínculo requiere una visión pragmática y de largo
plazo. Es crucial avanzar en la ratificación e implementación de acuerdos
comerciales inclusivos, promover la transferencia tecnológica y fomentar
iniciativas conjuntas en áreas como la transición energética y la acción
climática. Asimismo, será necesario superar las barreras proteccionistas y
alinear las prioridades birregionales con los valores compartidos que han
definido históricamente esta relación. Dicho esto, la consolidación de una
asociación estratégica entre la UE y América Latina no solo beneficiará a ambas
regiones, sino que también contribuirá a construir un orden internacional más
equilibrado, basado en la cooperación, el multilateralismo y el respeto por las
normas compartidas y la gobernanza global.
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Digital, Verde y Social, coordinado por José Antonio Sanahuja, págs.
191-224. Madrid: Fundación Carolina.
* Vicerrector de Asuntos
Internacionales de la Universidad Metropolitana de Budapest.
** Estudiante de doctorado
en la Escuela Doctoral de Ciencias Militares, Universidad Ludovika
de Servicio Público. Financiada por el EKOP-24-3-85 University
Research Scholarship Program del Ministerio de Cultura e Innovación, a través
del Fondo Nacional para la Investigación, el Desarrollo y la Innovación.
*** Profesor Pro-Titular
del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la
Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica Argentina.
Miembro de la Junta Directiva del think tank regional Coordinadora Regional de Investigaciones
Económicas y Sociales (CRIES).
[1] La posición de la
dirección de la UE es gestionar las consecuencias a través, por ejemplo, del
sistema de cuotas, mientras que algunos de los Estados miembros – incluida
Hungría – insisten en gestionar los problemas más allá de las fronteras de la
Unión Europea.
[2] Veamos el modelo del
cubo de Rubik de construcción de estado, por ejemplo, en Pongrácz
y Rada (2023) y Rada (2009; 2011).
[3] El orden mundial es
intangible, y imposible de percibir empíricamente,
por lo que toda afirmación sobre él es intuición abstracta. Los conceptos
preexistentes forman un orden lógico basado en las reglas de la gravedad, lo
que significa que la interpretación del sistema por los poderes principales se
vuelve dominante. A través de la credibilidad de esta interpretación dominante,
otros actores atraídos hacia el núcleo del sistema fortalecen el orden
adoptando comportamientos en línea con la interpretación predominante. La
consecuencia de la naturaleza trascendente del orden mundial es que los actores
pueden sentir una necesidad mayor o menor de pertenecer al orden,
independientemente de su conocimiento experiencial. En las teorías liberales,
esto se manifiesta como enfatizando valores en las relaciones internacionales y
explicando la cooperación internacional. Este ensayo no tiene la intención de
elaborar una definición precisa, ni dar una síntesis del debate teórico sobre
la expresión. Para ver más sobre el LWO leer Rada (2023).
[4] Citas famosas, tomadas
del discurso: “Muchas formas de gobierno han sido probadas, y serán probadas en
este mundo de pecado y miseria. Nadie pretende que la democracia sea perfecta o
totalmente sabia. De hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de
gobierno excepto para todas aquellas otras formas que se han probado de vez en
cuando...” Ver Parliament Bill, 11 de noviembre de
1947, disponible en https://api.parliament.uk/historic-hansard/commons/1947/nov/11/parliament-bill#column_207
[5] No queremos sumergirnos
aquí en debates sobre los mecanismos de adopción de decisiones de la UE, ni
siquiera tocar la cuestión del interés unificado.
[6] En algunas opiniones,
los Estados Unidos son ellos mismos una potencia revisionista. Ver Menon (2022).
[7] Ver “Líderes de la OTAN”
en el sitio de la OTAN: https://www.nato.int/cps/en/natohq/declassified_137930.htm. Esto también se indicó
en el análisis ECFR publicado en el verano de 2023 (Puglierin
y Zerka 2023).
[8] El “pivote hacia Asia”
de la era Obama-Clinton ya consideraba a China como un competidor, pero de
acuerdo con las creencias neoliberales, el objetivo era que el crecimiento
económico de China llevase a cabo la democratización (Blackwill
2023).
[9] Para más información
véase “EU Rapid Deployment Capacity”,
European Union External Action. 13 de
febrero de 2023, disponible en: https://www.eeas.europa.eu/eeas/eu-rapid-deployment-capacity-0_en
[10] Véase Permanent Structured Cooperation (PESCO), disponible en: https://www.pesco.europa.eu/about/
[11] Véase “A Strategic Compass for Security and Defence”, European Union External Action, disponible
en: https://www.eeas.europa.eu/eeas/strategic-compass-security-and-defence-1_en
[12] De hecho, en algunos
aspectos, la presencia de los EE. UU. no fue suficiente para disuadir a Putin.
[13] Ver la Estrategia
Nacional Alemana. “In einem vereinten
Europa dem Frieden der Welt zu
dienen”, disponible en: https://www.nationalesicherheitsstrategie.de/Sicherheitsstrategie-DE.pdf
[14] Ver, por ejemplo,
Atlantic Council Experts (2023).
[15] Ver la estrategia de
seguridad “Integrierte Sicherheit
für Deutschland”, en: https://www.nationalesicherheitsstrategie.de/
[16] Su comisión sería una
comisión geopolítica. Para más información,
véase “Speech by President-elect von der Leyen in the
European Parliament Plenary on the occasion of the presentation of her College
of Commissioners and their programme”, European
Commission, 27 de noviembre de 2019, disponible en: https://ec.europa.eu/commission/presscorner/detail/en/speech_19_6408
[17] Ver
European Commission, Recovery plan for Europe, disponible en: https://commission.europa.eu/strategy-and-policy/recovery-plan-europe_en
[18] Ver
European Parliament, “EU international procurement instrument”, disponible en: https://www.europarl.europa.eu/RegData/etudes/BRIE/2020/649403/EPRS_BRI(2020)649403_EN.pdf
[19] Ver
European Commission, “Foreign Subsidies Regulation”, disponible en: https://competition-policy.ec.europa.eu/foreign-subsidies-regulation_en
[20] Ver European
Commission (2023a).
[21] Contrariamente a lo que
dijo Macron en una entrevista después de la cumbre de Beijing. Ver: Anderlini y Caulcutt (2023).
[22] Lula afirmó que “no lo pongan porque estamos preservando más de lo que
ustedes ya preservaron en cualquier otro momento de la historia” apuntando
sobre la responsabilidad europea por su aporte histórico a las emisiones de
gases de efecto invernadero (Página/12 2024).